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Un largo domingo de noviazgo ("Un long dimanche de fiançailles", 2004)
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Ficha técnica:
Sinopsis: La Primera Guerra Mundial toca su fin, pero comienza la más grande de las batallas para Mathilde, una joven que ha recibido la noticia de que su prometido Manech es uno de cinco soldados heridos que han sido sometidos a consejo de guerra y enviados a la tierra de nadie que hay entre las líneas francesa y alemana... a una muerte casi segura. Mathilde, que no está dispuesta a aceptar la perdida de su amado, se embarca en un extraordinario viaje para descubrir su paradero. A cada paso que da, recibe una versión más descorazonadora, que habría desalentado a cualquiera. Pero no a ella, que movida por una fe inquebrantable, y una esperanza reforzada por la actitud tenazmente alegre de su gran corazón, sigue su investigación hasta el final. Y por el camino, se va encontrando con los horrores de la guerra... |
Jean-Pierre Jeunet es ante todo un autor de la forma y de los pequeños detalles más que de las historias o de los personajes. Desde su cortometraje de 1989 titulado “Foutaises” (literalmente, “insignificancias”), luego citado intertextualmente por sí mismo al comienzo de “Amelie” (el juego del “a Fulanito le gusta tal y cual cosa, y no le gustan tal y cual otras”), nos demostró que a su mirada lo que más le interesan son las cosas pequeñas, y como se hacen grandes por medio de un enfoque poético entre lo romántico y lo surrealista. En su primer largometraje rodado a medias con su pareja creativa de entonces, Marc Caro (del que, por cierto, no sabemos prácticamente nada más desde lo último que le vimos, la dirección artística de “Vidocq”, que era lo único precisamente que la salvaba de ser un bodrio total y absoluto), la influyente e irrepetible “Delicatessen”, marcó un antes y un después en el cine evocador y semifantástico europeo al que se han acogido jóvenes directores posteriores como nuestros españoles Javier Fresser o Eugenio Mira, y nos enseñó un modo de contar muy enraizado en la tradición literaria fantástica de nuestro continente, con autores como Jean Ray o Tomaso Landolfi, es decir, con un pie en lo real y otro en lo imaginario, de manera que ambos mundos se confundan y den lugar a un escenario fantástico total y propio repleto de coherencia y de poesía. Insistieron Caro y él en esa línea con “La ciudad de los niños perdidos”, en la que tal vez se equivocaron al escoger un cuento excesivamente melifluo y benigno que nos empalagó tanto por el ojo como por el entendimiento; y tras separarse de Marc Caro y su experiencia americana con la extravagante “Alien Resurrection”, que posiblemente le dio dinero y contactos con las productoras americanas y sus distribuidores (no es casualidad que las películas de Jeunet sean del poco cine de autor europeo que se distribuye en Estados Unidos), regresó a Francia y realizó “Amelie”, en la que parecía haber abandonado la oscuridad y el humor negro de trabajos anteriores, que tal vez le venían aportados por el talento de Caro, y todo se hizo luz, optimismo y esperanza. Emparentado con Tim Burton por su mirada amable y con Terry Gilliam por su amor hacia lo onírico y su constante cuestionamiento de la realidad, ¿qué podemos esperar del regreso de Jeunet después de tres años de silencio, y suponemos que de resaca por el éxito de Amelie Poulane?
El director ya tenía una experiencia estética en temática militar: su temprano y afamado cortometraje de 1981 “Le bunker de la dernière rafale”, preciosista ghost story ambientada en un bunker en época futurista indeterminada, de bastante influencia posterior y no sólo en cine, por cierto (estoy pensando en la portada del ya clásico “Bunkertor 7” de la banda de EBM/industrial Wumpscut) El hecho de estar basado en un texto ajeno, al vez le haya dado a la película un sustrato que, de otro modo, quizás hubiera estado ausente. Me refiero al abierto tono de denuncia de la podredumbre moral de la clase militar francesa que muchas de las ideas portadas por esta película tienen, y que en Francia han llegado a levantar alguna que otra ampolla. Es conocido pero no suficientemente lamentado, por ejemplo, el modo en que muchos soldados se autolesionaban para escapar del infierno del frente y regresar a casa como heridos, o castigos como el abandonar a los soldados insumisos en lugares de la líneas enemigas de las que no pudieran escapar y que fueran ejecutados de esta manera sin juicio ni sentencia. Todo eso, y más, está en “Un largo domingo de noviazgo”.
En ese sentido, Jeunet siempre se ha considerado deudor de Sergio Leone y de Stanley Kubrick: de Leone toma su pasión por la forma y la estética fantástica incluso sobre un contenido realista; de Kubrick el pormenorizado de su planificación, tan premeditadamente artística que a menudo le separa del realismo de lo que está contando. En cualquier caso, en unos pocos días podremos ofrecer una opinión más fundada, habiendo visto la película, de qué logros se le pueden atribuir a este “Largo domingo de noviazgo”, que tenemos ganas de ver. Rodada íntegramente en Francia y en francés, a pesar de contar con parte del soporte económico americano, e incluso contando con algún rostro de tirón para su presentación fuera de Europa, como Jodie Foster en un pequeño papel.
Crítica: Haciendo una comparación casi prerrafaelista, cosa que no cuesta esfuerzo dado el preciosismo estético de esta película, "Un largo domingo de noviazgo" sería como un río, del que se puede prever cómo va a acabar, a dónde va a llegar, pero cuyo misterio reside en el por dónde va a pasar, y en la belleza particular de cada paisaje que forma con el conjunto por donde pasa, aunque naturalmente ese paisaje no es continuo y también da paso a tramos menos pintorescos. Lo que quiero decir, es que el último film de Jean-Pierre Jeunet quizás no resulte todo lo interesante que debiera en su conjunto, pero sí que resulta una maravillosa colección de segmentos mágicos y conmovedores, y que de lo particular transfieren brillo a lo general.Mathilda trata de encontrar a su novio, y a falta de Paco Lobatón en aquella Francia de finales de la Primera Guerra Mundial, se embarca ella en una investigación tras sus pasos. Demasiados nombres, demasiados personajes del pasado, el curso de las indagaciones se hacen confusas y a ratos farragosas, pero permiten la introducción de una buena galería de personajes estupendos, cada uno con su propia historia que contar, y facilitan la intercalación de anécdotas cargadas de humanidad. El principal problema de la película parte precisamente de la estructura original de la novela, narrada en forma de cartas, que Jeunet y Laurant han tratado de allanar lo máximo posible, pero obligados al retorno constante a un mundo de flashbacks que a menudo se repiten con las variaciones de la nueva información que la protagonista va recopilando. Pero al contrario que ocurre en otras historias "a capas" o de retorno a la misma historia con nueva versión, pienso por ejemplo en "Rashomon" de Akira Kurosawa, a Jeunet no se le da bien el misterio, y las pesquisas de Mathilda no son lo más estimulante de la película.
Siendo una película de Jeunet, no sólo es una película de detalles de vidas y de personajes de talla enorme capaces de emocionarnos en su cotidianidad, también es una película de objetos fetiche y de símbolos: objetos cuya tangibilidad les confiere propiedades casi místicas que tocan lo más profundo de los sentimientos de los personajes, objetos como relojes, una rebanada con miel, una mano de madera, un guante de lana rojo, y por supuesto cartas, la carta como algo trascendental. Y símbolos, como el albatros que vuela contra el viento, la triple M o el faro. Por todo lo
demás, la película está estructurada en un interesante juego de binomios, pares
contrapuestos que transfieren como vasos comunicantes fuerza de cada uno de los
lados al otro. Pares para una historia contada con acciones en dos épocas
diferentes; en dos tonos diferentes: El romanticismo encendido de muchos pasajes de la película está excelentemente ensalzado por la banda sonora de Angelo Badalamenti (el compositor habitual de David Lynch), entre el guión de Jeunet y Laurant rico en detalles conmovedores, la excelente fotografía de Bruno Delbonnel, y esta música, muchos momentos de "Un largo domingo de noviazgo" llevarán al espectador al borde de las lágrimas, o incluso al llanto más disfrutable posible: el de llorar con una ficción bonita. Y todo, además, sin demasiados subrayados innecesarios, como por ejemplo el final de la película, cuando la cámara se retira discretamente en un travelling hacia atrás para dejar solos a los dos personajes reencontrados...
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