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  Artículos - Cine

La memoria de los muertos ("The Final Cut", 2004)

Ficha técnica:

Director: Omar Naïm
Guión: Omar Naïm
Fotografía: Tak Fujimoto; Música: Robert Elhai / Brian Tyler; Montaje: Dede Allen / Robert Brakey: Casting: Susan Taylor Brouse / Lynne Carrow / Sheila Jaffe / Meg Morman: Director artístico: Kelvin Humenny; Decorados: Shane Vieau; Vestuario: Monique Prudhomme; Efectos especiales: Gary Paller; Efectos visuales: Pixel Magic;
Cast: Robin Williams (Alan Hakman), Mira Sorvino (Delila), Jim Caviezel (Fletcher), Mimi Kuzyk (Thelma), Stephanie Romanov (Jennifer Bannister), Thom Bishops (Hasan), Genevieve Buechner (Isabel Bannister), Brendan Fletcher (Michael)
Canada / Alemania, una producción LIONS GATES PRODUCTIONS INC. / FINAL CUT PRODUCTIONS / CINERENTA MEDIENBETEILIGUNGS KG / INDUSTRY ENTERTAINMENT / LIONS GATE ENTERTAINMENT
Productores: Michael Burns (productor ejecutivo) / Marc Butan (productor ejecutivo) / Guymon Casady (productor ejecutivo) / Marco Mehlitz (productor ejecutivo) / Michael Ohoven (productor ejecutivo) / Nancy Paloian-Breznikar (productor ejecutivo) / Michael Paseornek (productor ejecutivo) / Nick Wechsler; 105 minutos; Color; Idioma original: Inglés; Ratio original: 2.35:1; Web oficial: http://www.finalcutfilm.com/

Sinopsis: En un futuro cercano, los implantes Zoë serán capaces de almacenar las imágenes de toda una vida. Se colocan en el cerebro de los usuarios, nada más nacer. No es un producto barato, por lo que sólo está al alcance de los millonarios. Al morir las personas que los llevan, los implantes se pueden retirar y toda su vida queda accesible como si fuera una película subjetiva. De esta manera, en cierto modo, sus protagonistas son inmortales. Alan Häckman, un hombre solitario e insensible, trabaja como montador para Zoë Tech. Realiza películas de recuerdo para funerales, en las que se eliminan los detalles escabrosos de la vida del difunto. Mientras revisa el material audiovisual de un ejecutivo de empresa que acaba de morir, Hackman descubre algo que le perturba...

 

Comentarios: El germen de "La memoria de los muertos", primera película del joven libanés afincado en Estados Unidos Omar Naïm, de 26 años de edad, hay que buscarlo en su corto bagaje personal en el medio, y más concretamente en sus tesis universitaria, el documental "Grand Theater: a Tale of Beirut". Según palabras del propio director: "Me tomé un tiempo en preparar el film y me documenté profusamente antes de empezar a rodarlo. (...) Estaba montando mi película (...) había realizado todas esas entrevistas y enseguida vi que moviendo las piezas e intercortando, el contexto de lo que la gente explicaba cambiaba completamente. Existe un falso mito de objetividad sobre el que caí en la cuenta mientras montaba. No había descubierto la sopa de ajo. Creo que la mayoría de los documentalistas se dan cuenta inmediatamente".

Hubo una segunda idea en aquel mismo periodo y sobre un trabajo similar, que marcó profundamente a Naïm: "Antes de plantearme aquel documental, barajé la posibilidad de hacer otro. Hay muchas cosas que no conozco de mi familia, que quizás como entrevistador, podría sonsacarles. Por ello, empecé a maquinar un plan de rodaje de 20 horas de entrevistas con mis familiares. Cada uno me explicó, básicamente, la historia de su vida. De ese modo, siempre guardaría memoria de ello". Finalmente, no acabó el trabajo porque "lo encontré algo morboso." 

Entre una cosa y la otra, la semilla de "La memoria de los muertos" había sido plantada. Hay varias ideas muy importantes, trascendentales yo diría, en esta película. Para empezar, la realidad es inaprensible, y cualquier narración de ella es ya una interpretación. Como montar un documental, el pasado es completamente distinto si se cuenta de una manera o de otra, incluso con piezas esencialmente verídicas, y la memoria es la manera en la que una persona se cuenta el propio pasado a sí misma. Ninguna memoria, como muestra gráficamente la película, se ajusta a lo que realmente pasó. Por otro lado, en cierto modo, conservar la memoria de uno es como conservar la vida, pues somos esencialmente la memoria que de nosotros mismos tenemos (un tema que vimos muy bien resuelto en la excelente "Memento") y la que otros tienen de nosotros.

Alan Hackman (Robin Williams) es un montador de memoriales realizados con fragmentos de memorias ajenas. Él manipula el material, y obtiene pequeñas películas que condensan lo que aquellos que le han contratado entienden por importante... o por conveniente. Así, la vida que es recordada y que prevalece para siempre es completamente diferente a la vida que realmente tuvo el difunto. ¿A alguien le importa? Recordamos lo que queremos recordar, y como lo queremos recordar, y sólo aquellos que fueron ofendidos por el homenajeado se quejarán al ver una interpretación falsamente beatífica del recordado, cosa que, es otro tema que está en la película, al ser éste un procedimiento únicamente al alcance de los ricos y poderosos, y siendo éstos un grupo social con muchas vergüenzas por ocultar, ocurre casi siempre. Sea como fuere, Hackman es un suplantador, un manipulador, capaz de sustituir al que fue, por el que otros quisiesen que hubiese sido. Así, se plantean los primeros interrogantes éticos, como dónde queda la identidad, si tal cosa tiene algún sentido en un mundo semejante, y dónde va a parar la humanidad, cuando todo se reduce a una película.

Otro aspecto que cabe señalar sobre la memoria y que Naim recoge en su película, es que cada uno recuerda las cosas a su manera. En el trabajo de Hackman es habitual que alguno de los asistentes a las proyecciones de sus obras con los recuerdos de los muertos, le haga preguntas como "¿pero de veras el barco era rojo? Yo lo recuerdo de otro color". Y lo importante es que el espectador tenga en cuenta lo siguiente: ¿y el barco era rojo en realidad? La respuesta objetiva y científica es: no se sabe, pues los recuerdos del difunto pueden estar tan desviados de la realidad tangible como los del invitado a su memorial o incluso más. Otro momento significativo es cuando Dalila (Mira Sorvino) le responde a Hackman ante la pregunta de si alguna vez ha visto una de esos memoriales: "Una vez, vi el de mi ex novio, pero no lo terminé. Simplemente no era él, no el hombre que yo había conocido. Tal vez los recuerdos salieran de su implante, pero los momentos que reflejaban no eran los que había vivido yo a su lado. Preferí seguir recordándolo a mi manera."

Todavía hay otro tema básico muy interesante en la cinta: el mito del devorador de pecador. Se dice que en algunos pueblos antiguos de América, existía la práctica consistente en echar arroz cocido sobre el cadáver reciente de una persona, junto a unas monedas, y se hacía que otra comiese de ese arroz sobre el muerto, y se embolsase las monedas. De esta manera, y según dicha creencia, la persona que había comido se había hecho a la vez con todos los pecados del difunto, y éste podía pasar al más allá limpio. De una manera muy similar, Alan Hackman es el devorador de pecados que se "come" toda la basura vital que han amontonado a lo largo de sus existencias sus clientes. Sus traiciones, sus infidelidades, su violencia, sus delitos, tendencias pederastas, secretos oscuros socialmente inconfesables... todo pasa por los ojos de Hackman, y él borra las escenas que no convienen. Pero no se le borran a él del espíritu, y de esa manera él carga y expía por todos, como un estercolero moral viviente.

Por eso está muy bien que él sea un personaje indolente, aparentemente indiferente a todo, pero que guarda dentro de sí, como una olla a presión, un sentimiento de culpa insoportable por lo que él considera que es su propio pecado, cometido en la niñez.

Y por supuesto, cabe preguntarse, llegado el caso, cómo podría afectar a la psicología humana el saberse grabado constantemente para una vida posterior, como una especie de inmortalidad sin nosotros. Algunas personas, argumenta bien la película, se sienten cohibidas y fingen vidas agradables contra su propia natura, hasta crearse una esquizofrenia y recurrir al suicidio. Quedan bien ante la historia, pero renuncian a la vida auténtica. Otras personas no lo aguantan más, y simplemente bloquean el dispositivo. Porque, y es otro tema importante: ¿dónde queda la intimidad cuando todo lo que haces es registrado y observado después por alguien, que juzga y monta sobre ello? ¿No es obsceno la exposición pública de lo que alguien ha visto mientras surge de la vagina de su madre parturienta, sus primeros pasos, su primer beso, su primer suspenso, su primer afeitado, etc? ¿No es acaso algo peor incluso que el criticado programa de TV "El Gran Hermano"? Porque luego está también el asunto del vouyerismo de los que miran, de los que consumen una vida ajena.

Por eso resulta oportuna la representación en la película de un muy plausible grupo de oposición, similar a los actuales ecologistas, partidarios del recuerdo subjetivo y de la vida en privacidad, del derecho al olvido y la oscuridad, y de abrir los ojos como a cada uno le dé la gana.

Semejante campo de conceptos y grandes interrogantes de tipo ético, fueron asumidos no sin respeto y temor por el joven director, que declara: "Esa idea es demasiado grande para mí. Empecé a presionarme para tratar de hacer justicia a todos los diferentes niveles que pueden desarrollarse a partir de un concepto como ese, y eso me llevó a escribir un guión, y a reescribirlo, reescribirlo de nuevo, y otra vez...".

La película salió a delante gracias al apoyo del productor Nick Wechsler, que incluso presionó a Naïm para que acabase el trabajo, pero por encima de todo gracias a Robin Williams, que lo leyó y lo volvió posible con su apoyo y su compromiso de interpretar a Alan Hackman. Williams explica: "fue el guión el que me llevó a involucrarme en el proyecto. Me sorprendía a cada página, lo que resulta estupendo. Así como la idea de esa tecnología nueva. Parece que en los últimos meses se han publicado una montaña de artículos sobre implantes, tanto como controladores de la memoria, como para aumentarla. Es fascinante, como la idea de memoria objetiva contra memoria subjetiva" También añade: "Es una película sobre tecnología, pero por encima de eso es una película sobre humanidad". Sobre el personaje de Alan Hackman, Robin Williams vuelve a construir otro de sus personajes oscuros y diferentes con los que a menudo, y muy especialmente en los últimos años, trata de desmarcarse de su encasillamiento como eterno Peter Pan del cine comercial americano. Ya le vimos interpretando tortuosos caracteres en filmes como "Insomnio", de Chritopher Nolan (hablando de "Memento"...), o "Retrato de una obsesión" (One Hour Photo) del prestigioso director de videclips Mark Romanek.

En la presentación de la película en la sección oficial del Festival de Berlín de 2004, y en la rueda de prensa, Williams volvió a tener palabras sobre las ideas de esta película: "La tecnología no puede suplantar al ojo humano. El ojo siempre será mejor que la técnica".

Con Robin Williams a bordo, la película estaba ya comercialmente vendida. Para acompañarle en el reparto, los productores y el director buscaron una actriz que irradiase vulnerabilidad y que tuviese química con él, y eligieron a Mira Sorvino ("Quiz Show: El dilema", "Poderosa Afrodita", "Blue in the Face", "Lulu on the Bridge", o dentro del género "Mimic"). Y como secundario, encontramos a James Caviezel (el Cristo de "La pasión" de Mel Gibson, justo en su papel anterior). La película se rodó en Vancouver y en la Columbia Británica.
 

Crítica: Como queriéndonos empujar a pensar que éste no es un film de ciencia ficción, o al menos no del todo, el único elemento del género que la película introduce es el implante Zöe y la posibilidad de acceder a los recuerdos de los muertos. En todo lo demás, el director, el productor, y el diseñador de producción James Chinlund han buscado una estética completamente contemporánea, en la que nada parece sugerir futurismo alguno. También es evidente que se ha buscado la descontextualización general de la trama, desligándola de lugares reconocibles. De esta manera, "La memoria de los muertos" se descubre como una fábula moral sobre nuestro mundo y sobre nosotros, y una invitación al debate.

Lamentablemente, la enorme y ambiciosísima cantidad de ideas que Omar Naím ha tratado de manejar en su primer largometraje, se le queda grandísima, y no termina de encontrar la manera de vertebrarlas en forma de guión con un esquema comercial inteligible por el público. Ha elegido el thriller como género, y posiblemente la elección es acertada para un primer borrador y procurando no quedarse en lo excesivamente trivial, pero el director/guionista ha fracasado al tratar de identificar lo que es verdaderamente importante de la historia para hacerla avanzar, y en seguida todos los importantes conceptos quedan ocultos en un segundo plano frente a una subtrama manida y no especialmente interesante, sobre los fantasmas personales de la memoria del protagonista. Éste, cómo no, es como es porque algo le pasó de niño. ¡Vaya hombre! ¿Y no podía haber sido como es, simplemente porque sí? De acuerdo con que la patria de un hombre es su infancia, y que de ahí sale todo, pero la "anécdota" en sí elegida en este caso es demasiado poco sutil. Que en otro tipo de thriller la falta de sutileza no sea problema, no significa que sea así en este caso, con todo lo demás que hemos descrito ya sobre el tapete. Demasiada información, demasiados apuntes, para salirse por la tangente de una historia personal que poco tiene que ver con ella, salvo en lo tocante al juego de las falsas apariencias, que sí que es un tema muy en relación con la memoria, centro de la película. Pero ni tan siquiera esa leve conexión justifica el quiebro narrativo y el abandono del ensayo a favor de una mera peripecia.

Que Naïm no es Phillip K. Dick,  el maestro de las tramas paranoicas y los enredos espacio temporales y las realidades varias, es evidente. Su película pasa de puntillas por parte de su propio terreno, y incluso abandona ideas que son solamente apuntadas. Su modo de dirigir también es discreto, sin aspavientos desagradables pero sin chispa, y tampoco podemos subirle la nota a la película por su factura visual y estética. Al final, lo que podría haber sido una película de ciencia ficción adulta, seria y humanista, se queda en una interesantísima nota al pie de página.

No obstante, la película todavía está por encima en interés que la mayor parte de películas de ciencia ficción que nos llegan últimamente. Seguiremos atentos la evolución del director, a ver que más pasa.