|
|
Nº 1 (en construcción otra vez) - febrero 2005 | ||||||||
|
|||||||||
![]() Ficha técnica:
Director: Shinya Tsukamoto Sinopsis: Tajuki, un boxeador semiprofesional, recupera el contacto accidentalmente con Tsuda, un ejecutivo, que en la infancia había sido su amigo. Poco después, comienza a sospechar que éste tiene un idilio con su novia, y a raíz de ello, comienza a entrenarse rigurosa y rabiosamente, convirtiéndose en alguien extremadamente sanguinario, obsesionado con la confrontación que ponga las cosas en su sitio.
|
La sensación que le queda a uno mientras observa con la boca abierta, mezcla de asombro y pitorreo, esas escenas que el kaiju eiga universalizó, con esos terribles monstruos de goma destruyendo ciudades y sembrando el caos, es que sin saberlo los japoneses estaban conjugando a la perfección el germen de lo que sería una de las metáforas que mejor definirían una de las más terribles enfermedades que invaden a la sociedad (post) moderna. Godzilla aplastando Japón, un Japón “real” todavía cicatrizando aquel desastre de Gran Guerra e incubando la paranoia nuclear-atómica, era la imagen de la indefensión del ser humano ante la fuerza brutal de una vida que no comprendían en sus arrebatos más crueles. Más tarde, Godzilla, contaminado por el virus de la bondad humana se dedicó a intentar borrar el recuerdo de sus salvajadas a base de combatir a sus (en mayor parte ridículos) sosias , consagrado a otra de las más estúpidas y a la vez necesarias prácticas de los humanos a los que atemorizaba: el arrepentimiento. El principal problema está en darse cuenta de que Godzilla, nunca jamás, fue consciente de ello, y como siempre nosotros fuimos los que le dimos algún tipo de coartada. Acostumbrados como estamos a basar nuestras vidas en algunos pilares , llamémosles costumbres o ideas (que más da) , que sirvan de guía y de remota explicación, la imagen del enorme dinosaurio de goma aproximándose por el horizonte debió ser una auténtica bandera del terror por lo que implica: jamás se veía morir a las personas, pero todo lo que les rodeaba era hecho trizas. Más que ser destruidos de un plumazo, lo era nuestro alrededor, y poco a poco nosotros mismos llegaríamos a lo mismo ante la falta de referentes, ante la nada causada por el monstruo de goma. Vistas ahora tales escenas una de las posibles y a la vez difíciles soluciones salta a la vista: hoy por hoy su anacronismo hace risibles su , ya de por sí formalmente ridículo en la época, contenido. Queda comprobado que nadie puede reprimir las risas ante el nipón enfundado en la casaca de monstruo destrozando maquetas de cartón piedra. La risa disfraza perfectamente un subtexto tan angustioso. Y que nadie olvide, que dentro de una hipotética cadena causal, Godzilla es creado por nosotros, aunque sea por accidente. Otro punto más de sarcasmo. Por suerte o por desgracia, el paso del tiempo ha traído consigo nuevas preocupaciones y nuevos estímulos que han tratado de disimular (sin acierto) el virus que tanto tiempo lleva entre nosotros. Siendo concretos, el tiempo pasado desde aquellos primigenios kaiju eiga hasta los desbarres de Shinya Tsukamoto. Por mucho que uno no quiera creerlo, casi nada ha cambiado en nuestro interior en todo este tiempo. El Japón de ahora es , aparte de objeto de fascinación que por lo exótico tiene, una especie de escaparate de nuestro futuro: no cuesta mucho hacerse la idea de que el paisaje urbano de Tokio, ese que tan poco conocemos o lo hacemos de forma adulterada, es una porción del futuro que nos espera al resto. Ese mismo paisaje urbano que Godzilla aplastaba con entusiasmo y alegría es por el que vagan, monocordes, ausentes, sin hacerse preguntas, los personajes del cine de Shinya Tsukamoto. Por lo visto para una sociedad de tantos contrastes como la nipona, hacer cine es una especie de aquelarre donde vomitan todo sentimiento que les corroe y que su tradicional día a día no permite alimentar, una sociedad donde una perfecta educación y unos modales exquisitos no están reñidos con prácticas sexuales perversas degustadas con una mayor asiduidad que la que pensamos. Una sociedad donde los mayores avances tecnológicos se de dan la mano con involuciones ideológicas difíciles de explicar. Supongo que por lo dicho hasta ahora el que lea esta bazofia se dará cuenta de que no tengo ni puta idea de lo que estoy hablando, y que no conozco más del Japón actual que lo poco que he leído y la imagen distorsionada que las películas me han dado: bien, porque quiero que quede claro, y es que ahí está la cuestión; en agarrarse a lo que sea, como a un clavo ardiendo, construyéndote tú mismo ese “lo que sea”. Cuando uno comienza a ver Tokyo Fist se topa uno de los sueños dorados y a la vez una de las mayores pesadillas del hombre moderno: la ruptura de la rutina. La muerte de sus puntos cardinales. No hay más que un personaje, un oficinista , que movido y alimentado por la certeza de que sabe que hacer en su día a día y por el equilibrio de una vida (triste y gris, pero vida al fin y al cabo) asumida plenamente, con su novia, su piso y su trabajo , descubre como todo comienza a irse al garete cuando se reencuentra con un antiguo amigo suyo, su aparente antítesis, un hombre enérgico (boxeador), con un punto de bohemia, de corte nihilista, despreocupado y a la vista de un personaje como el protagonista, salvaje. El Japón de la superficie contra el Japón que hay más allá. Tsukamoto es listo y enfoca el derrumbe de ambas vidas a través de su obsesiva fijación por el amor/sexo. Es cuando la mujer del perfecto y educado ciudadano cae seducida por la energía bruta de su antiguo amigo cuando degenera su esquema de vida. Ahí Godzilla comienza a destruir edificios. Una de las mayores falacias que nos hemos inventado para excusar a nuestro instinto más primario, esa coña llamada “amor” , es el punto de no retorno hacia el ocaso, la personificación de la sumisión a instintos, y la verdad no está tan lejos el poder llamarlo “odio”. Perdidos, pero vivos. A partir de ahí, comienza un carrusel autodestructivo donde cualquier mínimo sentimiento es la excusa perfecta para hacer algo, para vivir a través de él. Todos los personajes se transforman, ya sea una mujer a través del vicio y el dolor, un despechado marido a través de ocultar su cobardía (¿qué hay de malo en esa cobardía, en tener miedo?) tras la fuerza bruta en pos de recuperar su vida de antes, la que le permitía vivir con comodidad, y por su lado un personaje libertino y amoral que se da cuenta de que, en realidad, no anda tan lejos de su opuesto y eso le asusta. Personas que ven como sus vidas no tenían el más básico significado y que de la forma más primitiva y más cercana que tienen (a hostias, a base de automutilaciones, a base de rabia, odio, amor, sexo y dolor) tratan de buscar a algo a lo que aferrarse para seguir viviendo, convertirse en otras personas diferentes a las que han sido, en algo que creen superior. Cuando uno cree que hay algo en su interior que le hace especial, que le da un sentido a lo que hace y cree, y pasa a descubrir al mirar con firmeza ese interior que no hay nada, se asusta. Es cuando uno no lo asume cuando comienza esa espiral de desesperación que acaba por (auto)destruirlo. Encaminados por inercia al absurdo es la rebelión hacia tal comprensión la que acaba con la muerte en vida de esos tres personajes, patéticos luchadores que buscan el clavo ardiente al que agarrarse. Sea cual sea. Eso parece Tsukamoto tenerlo claro, tras la destrucción de un mundo hay que, como sea, construirse otro, sea gracias a las pasiones y sentimientos más crudos, o al fetichismo emocional más instrumentalizado (Bullet ballet) ; siempre intentando basar nuestras vidas en algo, nacer y renacer, transformarse, destruir (Tetsuo) , confundir nuestra existencia, amar, y ante todo, odiarse ( Gemini). Una vez que Godzilla se retira tras su orgía de destrucción, no es consciente de lo indefenso que el hombre ha quedado, lo suyo es pura inercia. También por pura inercia el hombre volverá a construir sus cosmopolitas ciudades para que Godzilla vuelva a hacerlas polvo, una y otra vez si hace falta. Es cuando el impacto del puño de Tokio cae sobre nosotros, cuando ya no hay vuelta atrás, porque una vez recibido uno sabe que las cosas no eran tal como uno felizmente creía, y jamás volverán a ser igual. Y es una lástima, pero ojalá sólo me estuviese refiriendo a Japón.
|