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Tim Burton
El hombre que fue un niño que quería ser Vincent Price (Parte I)  
Por Javier Ludeña Fernández

Tim Burton
Filmografía básica (sólo como director):
1982 Vincent (cortometraje)
1984 Frankenweenie (cortometraje)
1985 La gran aventura de Pee-Wee ("Pee-Wee's Big Aventure")
1988 Bitelchús ("Beetle Juice")
1989 Batman
1990 Eduardo Manostijeras ("Edward Scissorhands")
1992 Batman vuelve ("Batman Returns")
1994 Ed Wood
1996 Mars Attack!
1999 Sleepy Hollow
2001 El planeta de los simios ("The Planet of the Apes")
2003 Big Fish
2005 Charlie y la fábrica de chocolate
2005 La novia cadaver ("The Corpse Bride")
 

A falta de premios, Tim Burton cuenta con una recompensa todavía mayor a su trabajo, las cosas que él más ama: la libertad creativa de aquel que decide lo que va a hacer en cada momento según su propia naturaleza, y el calor de un público que le quiere, encabezado por una legión de fans incondicionales que esperan con interés e incluso emoción cada una de sus películas, y entre los cuales, cada vez más, no faltan siquiera algunos críticos, colectivo que con el paso de los años y ante las pruebas irrefutables de sus películas, no han podido evitar rendirse y han terminado por reconocer que nos hayamos ante esa clase de cineasta que desde la culta Europa de la revista Cahier du Cinema se dio en llamar autor. Y lo es, es autor, porque tiene un estilo lo suficientemente reconocible como para imponerse por encima del origen comercial de encargos de la mayoría de sus obras (sobre material ajeno), y más aún, porque a lo largo y ancho de toda su filmografía hilvana como muy pocos otros directores un discurso coherente fundamentado en la proyección de su propio yo, sus experiencias autobiográficas y las preocupaciones y sueños que siempre han coronado su desaliñada y poca agraciada cabeza de hombre tímido con problemas de comunicación, que siempre se ha sentido un extraño, en cierta medida un inadaptado, aunque un maravilloso inadaptado.

No todos los años tenemos la oportunidad de disfrutar de una película de este inusual niño grande, y sin embargo este año se da la anómala circunstancia de que lo haremos dos veces: estamos ya prácticamente en vísperas del estreno de su "Charlie y la fábrica de chocolate", y a finales de octubre, aún más prometedora que esta primera si cabe, nos llegará "La novia cadaver" ("The Corpse Bride"), film de animación stop-motion a la manera de la anteriores experiencias del director en este terreno (el corto "Vincent" y sobre todo, el largometraje "Pesadilla antes de Navidad"). Qué mejor motivo para una celebración y para el repaso de toda su obra, única cosa a la que aspiran estas líneas que a continuación vas a leer, sirviendo como homenaje a un cineasta que, estamos seguros, es tan del interés del lector como del nuestro.


Thimothy William Burton nació el 25 de agosto de 1958 en Burbank, California, quintaesencia del pueblecito residencial americano anclado eternamente en unos años 50 hipócritamente sonrientes, en donde conviven cómodamente la bonanza económica con el ensimismamiento (en el mundo ocurren muchas cosas malas, pero no en nuestro barrio, así que no hay de qué preocuparse) y una manera de ver las cosas muy conservadora. Sería éste, su pueblo natal en el que el niño Tim jamás llegó a sentirse a gusto, el que le serviría de base para crear el modelo de suburbio en el que vive la familia que acoge a "Eduardo Manostijeras". Su infancia fue solitaria, no fue un estudiante especialmente bueno y aparentemente el pequeño no destacaba en nada. Padecía una severa incapacidad para hacer amigos y para abrirse a otros niños, y se pasaba temporadas enteras encerrado en su casa atendiendo a sus propias fantasías y jugando solo. Por encima de las consideraciones de índole pedagógica o psicológicas que podamos hacer acerca de que un niño pequeño desarrolle una conducta semejante, de lo que no cabe ninguna duda es de que en el caso de Tim Burton, más que en el de cualquier otro autor, la infancia fue la patria, y que todas estas capacidades e incapacidades desarrolladas durante sus años tempranos son las que van a determinar su carrera y se van a cruzar, reiteradamente y con una insistencia no exenta de tintes de confesión, en sus películas. No es mi intención hacer del artista mi propia excusa para hacer un panegírico sobre el outsider social, de hecho no necesitaré esforzarme mucho subrayando este punto: juntos veremos, cuando estemos repasando las películas una por una, que los personajes de Burton son en su mayoría personas inadaptadas, diferentes físicamente o por comportamiento y tendencias, que chocan con un mundo de una normalidad cruel; que en las películas de Burton el concepto de lo "diferente" o lo "monstruoso" es relativo, y que los "raros" simplemente son unas personas que están esperando a ser descubiertas, necesitadas de cariño; que el problema de sus personajes es muy a menudo la necesidad de aceptación, y sobre todo, que para el director todo lo que generalmente se asume por preconcebido es cuestionable y cuestionado. También habrá en su obra múltiples apuntes directamente extraídos de sus propios traumas infantiles, como el hecho de que sus padres fueran muy severos y solieran castigarle encerrándole en una habitación a oscuras, como al pequeño protagonista del corto "Vincent" (como veremos más adelante). Pero sobre todo, el niño Burton ya tenía clara su vocación, lo que quería hacer, desde una edad muy tierna: a Tim le gustan los sueños, soñar y contarlos, le gustaban los libros de aventuras y de fantasía, los películas de la Hammer, de Ray Harryhausen, los excelentes films góticos protagonizados por Vincent Price, y si le preguntaban qué quería ser de mayor, este niño imaginativo y radicalmente introvertido contestaba: "quiero ser el actor que va dentro del traje de Godzilla". El traje del gigantesco lagarto japonés todavía no se lo ha puesto, que sepamos, pero todos sus otros sueños se han hecho realidad, y por extensión han sido transportados gracias a la magia del celuloide y se han convertido también en los sueños de otras personas, nuestros sueños.


Toda la época del instituto pasa igualmente sin pena ni gloria, leyendo tebeos y escribiendo sus historias, pero una finalizado, en 1976, logra ingresar en el California Institute of the Arts (Cal Arts) gracias a sus dotes para el dibujo. El Cal Arts es un centro de formación artística creado por Disney como cantera  en la que descubrir nuevos profesionales, ya sean dibujantes, técnicos de cine, etc. En el segundo año de sus estudios, Burton disfruta de una beca concedida por el propio estudio de Mickey Mouse en uno de sus programas de formación a nuevos animadores, y en 1979 entra a formar parte de la plantilla de estos para tan mítica factoría de animación que crease Walt Disney medio siglo antes. Inoportunamente, cuando a él se le da su primera oportunidad no son años especialmente boyantes para el estudio, que atraviesa desde hace años una crisis grave en lo económico y aún peor en lo creativo (de la que tardará en salir, tendrán que venir una década más tarde películas como "La sirenita", "La bella y la bestia" o "Aladín", y sobre todo el compositor Alan Menken, para devolver a Disney a lo más alto). Amoldándose a lo que había, el recien llegado colabora en la creación de alguna de las películas del estudio por esa época, como la insulsa e infantil "Tob y Tobie" (1981), que le sirve, entre otras cosas, para comprender que se ha equivocado de camino y que la animación no le gusta: el proceso de animar requiere mucha paciencia y la mayor parte del tiempo es una disciplina más técnica que creativa, por lo que Tim Burton pierde el interés en seguida. Consigue ser trasladado sin salir de la compañía, tal vez porque alguien comprendió que no estaban aprovechando el talento del joven, y es designado diseñador de personajes y ambientes. De esta manera contribuirá en la que posiblemente sea la mejor de esas producciones Disney de época de vacas flacas: "Taron y el caldero mágico" (1985), adaptación del segundo libro de "Las crónicas de Prydain", clásico de la fantasía heroica de Lloyd Alexander.

De Disney Tim Burton aprende mucho, tal vez al menos en cuanto a la manera de envolver sus sueños, con tendencia desbocada hacia lo gótico, y a dotar a sus personajes de un barniz amable e incluso de un sentido del humor bondadoso con ellos (no así tanto con el trasfondo de las historias, que puede llegar a ser aceradamente crítico). Además, gracias a su trabajo dentro de la productora logra financiación para algunos de sus trabajos. Si bien es cierto que Tim Burton venía rodando cortometrajes desde su infancia (le encantaba tomar una cámara de super8 y jugar a organizar sus propias películas, que luego proyectaba ante sus padres), la mayor parte de sus películas primerizas permanecen en un discreto (y suponemos que considerado) olvido, invisibles para el público. Así hemos oído hablar, e incluso se han llegado a ver fotos de cortos, algunos de animación otros con actores, como "The Island of Doctor Agor", "Houdini", "Stalk of the Celery Monster" (la ilustración que acompaña este párrafo pertenece a este corto temprano) o "Doctor Doom". Probablemente jamás llegaremos a ver ninguna de estas obras, aunque por los títulos vemos a un Tim Burton con las ideas muy claras en cuanto a sus temáticas incluso desde el principio. En cambio, los primeros cortometrajes con un acabado absolutamente profesional y realizados con medios suficientes como para materializar con éxito sus fantasías, serán realizados bajo el pabellón de Disney, en donde obviamente alguien debía de creer en las posibilidades del muchacho, y como sabemos ahora no se equivocaba.

"Vincent", por ejemplo, quería ser utilizado por la compañía como cortometraje de acompañamiento para alguno de sus largos. Sin embargo, la idea fue desestimada al ver los derroteros por los que había tirado Tim, de una calidad artística apabullante y maravillosa, deslumbrante sin duda ni parangón, pero algo "inadecuado" para las audiencias infantiles en las que los empresarios estaban pensando. "Vincent" es la primera Obra Maestra de Tim Burton, se trata de un breve cortometraje de animación realizado por el sistema stop-motion, que consiste en reproducir realmente a escala todos los decorados, en el que los actores son expresivos muñecos que son animados fotograma a fotograma. De esta manera, este corto se convertiría en el primer encuentro del director con este medio tan plástico y hermoso de expresión, continuado en "Pesadilla antes de Navidad" y ahora en "La novia cadaver". "Vincent" cuenta la historia de Vincent Maloy, un excéntrico y solitario niño que juega sólo en su casa, y que aprovechando un castigo de sus padres que le encierran en su habitación, sueña con que es uno de los torturados y malditos personajes de su ídolo, el actor Vincent Price, mítico y carismático actor del cine de terror de los años 60 (y 50, y 70...) y protagonista de films tan inolvidables como "La caída de la casa Usher", "La máscara de la muerte roja", "El péndulo de la muerte", "La tumba de Ligeia" y tantos otros, muchos de ellos basados en los relatos de Edgar Allan Poe y dirigidos por Roger Corman. Evidentemente, el niño Vincent Maloy no es otro que el propio Tim Burton (hasta el pésimo peinado del personaje concuerda), recordemos su infancia, sus aficiones, su soledad y sus encierros, y su amor por el terror clásico y por el actor Vincent Price, del que este corto es un caluroso homenaje ya desde el mismísimo título. Pero lo más hermoso de tan sentida declaración de amor, es que está escrito en verso (hay que verlo en versión original en inglés por razones que a nadie se le escarán) y leído continuamente en off por un narrador que no es otro que el mismísimo Vincent Price en persona, con su inconfundible voz y su dicción perfecta y enfática. Además, el corto está retratado en un hermosísimo blanco y negro de esquinas difuminadas, y con los escenarios a menudo pintados o exagerados, siguiendo las pautas expresivas del expresionismo alemán. La película, de tan sólo 6 intensísimos minutos de duración, es una maravilla, tanto por la calidad del texto, la excelencia del diseño artístico, y la honestidad del cariño desplegado, en el que Tim Burton nos abre por primera vez su alma, sin importarle lo que vamos a pensar de Vincent Maloy, el niño que no quería ser Michael Jordan, que quería ser Vincent Price.

"Vincent", por añadidura, representa además de la oportunidad de que Burton conozca a su ídolo Price, el primer encuentro con Rick Heinrichs, que trabajará como diseñador y director artístico en gran parte de las películas de la posterior carrera de nuestro protagonista, así como en otras como "Piratas del Caribe" o "Una serie de catastróficas desdichas de Lemony Snickett". Heinrichs es uno de esos talentos en las sombras que ayudan a los artistas como Tim Burton, que por sí solos no podrían con todo el trabajo.

También dentro de Disney, y con dinero suyo, es realizado el segundo corto "oficial" del director, o al menos el segundo visible y hecho público: "Frankenweenie". Como en el caso de "Vincent", la idea era lanzarlo como acompañamiento para rellenar minutos junto al reestreno en los 80 de la película clásica de la compañía "Pinocho", pero por motivos de índole idéntica, el corto terminó quedando prácticamente inédito, o casi, hasta que la fama del director hizo que se recuperara el interés por él, y fuera relanzado junto con "Vincent" acompañando a "Pesadilla antes de Navidad". "Frankenweenie" es, como su título sugiere, una libre adaptación de "Frankenstein". "Frankenstein", si nos concedemos por un momento la licencia de olvidarnos de la novela, que tiene connotaciones mucho más profundas, según nos la ha presentado el cine es esencialmente la historia de un ser inocente al que a causa de su macabra idiosincrasia (está hecho de trozos de cadáveres), se le ha negado el amor y la posibilidad de elegir en igualdad de condiciones que otros hombres, y que en su lugar sólo encuentra rechazo, violencia y amenazas de muerte. Este punto de vista sobre la historia le debe de gustar mucho a Tim Burton, que volvió sobre el mito de Frankenstein o el moderno Prometeo en "Eduardo Manostijeras", otro ser artificial puro de siniestra figura que encontrará su propio infierno de inadaptación. Si "Eduardo Manostijeras" representa lo más dulce e inocente de la criatura de Frankenstein, "Frankenweenie" es la primera aproximación y el primer homenaje a la historia. Rodada en imagen real y con actores de carne y hueso, entre los cuales se encontraba la actriz Shelley Duvall ("El resplandor"), cuenta a lo largo de sus 29 minutos de duración la historia del pequeño niño de 10 años Victor Frankenstein y de su perro Sparky. Sparky es el único amigo y compañero de juegos del niño, que vive en un suburbio residencial y se divierte jugando con su mascota y rodando infantiles películas amateurs de ciencia ficción en super8 en las que el perro es el actor protagonista. Naturalmente, el lector lo habrá comprendido, ese niño puede volver a ser el propio Tim Burton. El caso es que el cariñoso perro Sparky sufre un accidente y se muere, y como no podría ser de otro modo, si no no sería un homenaje a Frankenstein, el niño logra devolverle la vida. Claro que el perro resucitado no tiene exactamente el mismo aspecto que tenía vivo, como delatan los polos eléctricos que le surgen del cuello o las señales de heridas cosidas, y los habitantes de la urbanización, respetuosos con las buenas costumbres y las formas, no van a entender que el pequeño Victor pueda ser feliz con aquella "cosa", a la que querrán destruir incluso persiguiéndola antorcha en mano, sin atender a sentimientos y sin prestar atención a la justicia de aplicar semejante castigo sin delito cometido. Pero Sparky es un buen perro, aunque esté un poco muerto y no tenga buena pinta del todo, es un animal heroico y cariñoso, y tras algunas desastrosas vicisitudes los habitantes del pueblo se verán forzados a admitirlo y entenderlo...

La falta de verosimilitud de la trama no tiene ni la menor importancia. "Frankenweenie" es un homenaje limpio en el que lo único que cuenta es reproducir en un entorno naiff, moderno y doméstico como un parque de juegos, alguna de las secuencias más míticas del "Frankenstein" de la Universal protagonizado por Boris Karloff, tales como la creación de la criatura bajo la tormenta o la mítica escena del molino, aquí maravillosamente recreada con mucho humor en un campo de mini-golf. El corto es muy simpático, y sobre todo resulta encantador por ser una especie de comentario hecho por un fan. Así como da gusto, y mucho, el oír hablar a alguien con entusiasmo de un tema que le gusta, da gusto ver a Tim Burton recrearnos Frankenstein para niños y en tono pseudo-Disney. Además, de esta manera tan entrañable nos introduce en otra de las constantes de su obra: que no siempre los monstruos son malos (véanse si no los simpáticos habitantes de la Ciudad de Halloween de "Pesadilla antes de Navidad"), ya que un monstruo es simplemente alguien a quién no comprendemos porque sus costumbres o su origen es diferente al nuestro. Surge también, como se ha dicho, el tema de la necesidad de aceptación, y de cómo el pensamiento uniforme de cierto modo de vida (como el del Burbank natal de burton) es en realidad con reaccionarismo mucho más peligroso que todos los seres artificiales y siniestros del mundo juntos.


Este cortometraje sirvió para muchas cosas, entre ellas terminó de decantar al director hacia la dirección de películas de imagen real y actores de carne y hueso, abandonando, aunque no rigurosamente (véanse los ejemplos de "Pesadilla antes de Navidad", "La novia cadáver", la serie de TV producida por él "Perro de familia" o la serie de cortos "Steanboy") el medio de animación. Otra cosa que ocurrió a raíz de "Frankenweenie", es que Tim Burton hizo un buen número de contactos, a través de la gente que sí logró ver su corto. La propia Shelley Duvall, que en la década de los 80 estaba realizando para televisión el célebre show "El teatro de las hadas / Los cuentos de las estrellas" (aquella serie de TV también fue emitida en España por TVE en nuestra infancia, representaba en cada capítulo la escenificación de cuentos populares de todas las épocas, e interpretados en muchos casos por actores de Hollywood de auténtico prestigio), invitó a Burton a que dirigiese uno de los capítulos: el cuento "Aladino y la lámpara maravillosa". También dirige por aquella época un episodio de la última temporada de "Alfred Hitchcock presenta", y otros trabajos similares para televisión. Sobre el capítulo de "Alfred Hitchcock presenta", de nombre "The Jar", hay que destacar como hito importante que fue donde el director conoció al compositor Danny Elfman, que como todos sabemos ahora terminaría poniendo música a la práctica totalidad de sus films largos. El trabajo no le faltaba, y había bastantes personas que parecían confiar en las capacidades de  Tim, hasta el propio Stephen King, en un pase privado de "Frankenweenie" al que asistía, quedó tan encantado que les propuso a unos amigos suyos que estaban preparando una película con el cómico infantil Pee-Wee Herman que considerasen el contratar a Tim Burton.


Pee-Wee Herman (el de la foto al lado), cuyo verdadero nombre es Paul Reubens, era un actor muy popular en la época en la televisión americana, que había ganado toda su popularidad orientando el personaje creado por él (Pee-Wee), en principio pensado para el público adulto, hacia la audiencia más pequeña, los niños. Era realmente famoso entre los niños, y sus padres lo tenían en televisión hasta en la sopa, desde su propio programa "The Pee-Wee Herman Show" o invitado en otros, así que era normal tratar de explotar el filón igual que en nuestro país se hizo con toda clase de grupos humorísticos (Martes y 13, Cruz y Raya), musicales infantiles (Parchís, Regaliz, Chispita y sus gorilas), presentadores (Torrebruno), etc. La primera de las dos películas que se hicieron con Pee-Wee Herman, "La gran aventura de Pee-Wee", supone el debut de Tim Burton en la dirección de largometrajes. Se trata de una opera prima tirando a insignificante, más marcada por la personalidad de Reubens y su personaje, que por el estilo burtoniano. Además, para el público foráneo como nosotros, que no hemos visto el programa de TV ni conocemos con anterioridad al personaje de Herman, la película nos resulta resbaladiza en cuanto que no cogemos las referencias a su universo, que supongo que un espectador americano acostumbrado del personaje sí será capaz de recoger. La película en definitiva es bastante tonta y en ella no asoma Tim Burton demasiado a menudo, si acaso en un par de escenas, y viene a narrar la búsqueda del tal Pee-Wee Herman de su perdida bicicleta. Si acaso, hay quién ha querido entender "La gran aventura de Pee-Wee" como una metáfora invertida de los temas usuales en Tim Burton, es decir: Pee-Wee Herman es querido y aceptado por todos, ergo "es tonto", pero es una interpretación un tanto sesgada y que yo desestimaría. Jamás he visto a Tim Burton decir que las personas aceptadas y populares sean tontas, él se limita a contarnos historias de los otros, de los que son como se siente él mismo, los que necesitan del abrazo que ahora mismo nadie les está dando, y nada más.

La nota macabra viene en cómo acabó la historia de Pee-Wee Herman, con unos tintes lamentables que hacen que la realidad supere le ficción y que el otrora popular y luminoso Paul Reubens parezca hoy, en la vida real, un personaje salido de una versión dura del universo de freaks de Tim Buton: en 1990 Reubens fue sorprendido durante una redada (!!!!) en un cine porno con los pantalones quitados y masturbándose. Fue inmediatamente detenido por escándalo y comportamiento indecoroso, y su foto fichado se difundió en todos los medios de comunicación (como sucedió recientemente con Michael Jackson). Desde ese momento Pee-Wee Herman estuvo acabado, su programa de televisión para niños se consideró inadecuado, y el actor calló en desgracia y se quedó sin trabajo. Tim Burton ha sido precisamente una de las pocas personas que a lo largo de la década de los 90 le ha dado trabajo en papeles secundarios de algunas de sus películas ("Batman vuelve" o poniendo voces en "Pesadilla antes de Navidad")


En cualquier caso, y para los efectos de nuestro lento pero constante avanzar en la filmografía de Tim Burton, el encargo de Pee-Wee Herman fue realizado con efectividad comercial, y no tardaron en hacérsele otras ofertas al director, que sin embargo las echazó todas y durante tres años se dedicó a trabajar en otras cuestiones. Había llegado la hora de la verdad: Tim Burton no quería pasarse la vida haciendo las películas de otros, de todos los Pee-Wee's del mundo, él quería hacer las suyas, y desde ese momento se iba a tratar de permitir el lujo de elegir, y sólo iba a dirigir las historias que se ajustasen a sus sueños.

Cosa que al parecer sucedió en 1988, cuando Warner Bross, le ofrece dirigir "Bitelchús", un comedia fantástica de humor negro, que a simple vista podría tomarse por un insignificante entretenimiento al estilo de "Los fantasmas atacan al jefe", pero que tras de sí esconde mucho más, un contexto y unos temas auténticamente burtonianos.  Para empezar, los personajes de Alec Balwind y Gena Davis se han muerto al comenzar la película y son fantasmas. ¿Es eso malo? En un universo convencional sin duda, pero para Tim Burton las cosas no son blancas o negras: son fantasmas, sí, pero son buenas personas, y una pareja estupenda que se quiere, y que sólo quiere vivir en paz en su casa. El conflicto estalla cuando los vivos llegan. Asistimos a una inversión total de los roles habituales en las historias de ultratumba: al igual que decíamos en "Frankenweenie" que el monstruo es el bueno, cosa que se repetirá en "Pesadilla antes de Navidad", aquí son los fantasmas las víctimas de las "apariciones" de los irrespetuosos y snobs vivos (otra vez esa representación superficial y vacía de la sociedad, quizás de su entorno natal, quizás de Hollywood, o quizás del mundo en general que también estaba en "Eduardo Manostijeras"). En lugar de tener miedo a los fantasmas, el miedo lo tienen los fantasmas de los vivientes, mucho más odiosos y desagradables. La soledad y la absoluta incomunicación de los fantasmas, atrapados en la buhardilla sin poder salir ni pasear por su propia casa, ahora ocupada, nos remite a uno de los temas eternos de Tim Burton, así como la extrañeza y la necesidad de congeniar a unas personas tan peculiares (están muertas) y sensibles, en una sociedad con otro ritmo y otras prioridades. Por ello, los pobres fantasmas de ven obligados a llamar a Bitelchús, el bioexorcista, es decir, un exorcista que espanta vivos, en una enésima inversión de los cánones. Y Bitelchús es Michael Keaton, en una interpretación cómica magistral, muy inspirada en los viejos cartoones de Chuck Jones, Tex Avery y compañía de personajes entrañablemente odiosos como el listillo y siempre airoso Bug Bunny. Su encarnación del dicharachero y excesivo Bitelchús será junto con el Fredie Krueger de Robert Englud, el personaje histriónico más influyente para esta clase de papeles en todas las películas similares de los 90 y de nuestros días. Pero volviendo a Tim Burton, y a su mundo, no debemos olvidar lo que significa dentro del contexto de la película el personaje encarnado por Winona Ryder, una especie de adolescente gótica solitaria que juega a hacerse la enfermizamente romántica para llamar la atención de su familia, que no la hace ni caso, y que prácticamente vive en su habitación sin amigos ni vida social a pesar de su edad. Tan sólo su contacto con los fantasmas le servirá para encontrar un rayo de luz y algo positivo en lo que identificarse. Juntos, los muertos y la muchacha gótica, los "marginados", forman la parte positiva de la película, y un espejo fragmentado en el que se asoman distintas facetas de la juventud de Tim Burton y de su manera de ver la vida.

Pero la película no sólo es interesante porque sea muy "de Tim Burton", y ni tan siquiera hay que quedarse en la cuestión, también para mí difícil de discutir, de que es en general muy divertida y que contiene unos chistes visuales magníficos de humor salvaje (otra vez las referencias a las caricaturas de la Warner y esos personajes que eran apaleados o atropellados, como muchos de los personajes que hay en la sala de espera de los Recien Muertos), sino que en ella, y por primera vez en el mundo del largo, Burton se destapa como un creador cinematográfico de primer orden con un talento visual admirable. Como muestra, sólo recordar la escena que abre la película, con esa panorámica voladora por encima de un pueblecito... hasta que una araña gigante nos descubre que se trata de la maqueta que está montando Alec Balwin, y que llegará a tener gran importancia estética a lo largo de la película; o la escena onírica de los gusanos,  versión naiff de los gusanos de Dune, tal vez; o incluso la secuencia divertida y antológicamente rodada de la posesión durante la cena a ritmo del genial "Day-O" de Harry Delafonte. Y hablando de música, no puedo dejar de alabar la gran partitura de Danny Elfman, que consigue una pieza escuchable tanto dentro de la película como en casa y en el aparato de música, vibrante, divertida, y muy punteada de los típicos ritmos elfmanianos, mezcla de épica y de swing.


Mañana: Batman. Tim Burton se convierte en un director muy taquillero y famoso, pero no por ello abandona sus temáticas.