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Presentación
Unas palabras y mi eterno agradecimiento a Santiago Eximeno
Tengo el honor y el gusto de
inaugurar esta sección por todo lo alto, como jamás hubiera soñado que
podría hacerlo de bien y de fuerte, con nada menos que un joven peso pesado.
Santiago Eximeno (Madrid, 1973), es uno de los más prominentes y aún
prometedores talentos que tiene la literatura fantástica española, un
agitador tranquilo y discreto pero que como un nuevo bárbaro se ha instalado
en el corazón del fandom nacional y ha logrado granjearse un merecido
prestigio con sus narraciones, aparecidas en decenas de fanzines y
recopilaciones nacionales. Ha publicado en los fanzines y revistas Artifex,
Vórtice, Parnaso, Solaris (Ed. La Factoría de Ideas), Valix (Editorial AJEC),
Pulpmagazine (Ediciones Pulp), Gilgamesh (Ed. Gilgamesh), Galaxia
(Equipo Sirius), y bastantes otros. Y ha publicado narraciones en libros de
antología como las selecciones "Fabricantes de Sueños" (AEFCF), "Imágenes"
(Colección Vórtice, Ed. Parnaso), "Paura: Antología de terror contemporaneo"
(Bibliópolis) o "Antología 10. Relatos de ciencia ficción española"
(Editorial Minotauro), por citar algunos. En 2003 recibió el
prestigioso premio Ignotus por su relato titulado "Origami". Desde
entonces, no sólo no ha parado de seguir publicando aquí y allá, sino que ha
rodado por varias mesas redondas, convenciones, etc, etc. Por último, en
2004 ha visto publicada su primera novela profesional: "Asura"
(Editorial Grupo AJEC), traspasando la frontera que le quedaba. Pero, ¿qué
es ser un escritor profesional, o ser un escritor amateur? ¿Acaso no
hay sólo escritores?
Al mismo tiempo, Santiago es
el editor, junto con Francisco Ruíz, de su propio fanzine:
Qliphoth,
que ya va por el número 13 (octubre 2004), dedicado a publicar relatos y
ensayos sobre mitología y mística en general, y por su cuenta publica el
fanzine "Efímero". También diseña juegos conversacionales, juegos de mesa, y
unas cuantas cosas más. Y todavía le queda espíritu para colaborar con
nosotros. Un crack.
Web personal de Santiago
Eximeno: http://www.eximeno.com
Web del fanzine Qliphoth:
http://qliphoth.dreamers.com/
Compra la novela Asura:
http://www.cyberdark.net/ver.php3?cod=9180
(nota: el día en que
redacto esta nota alabatoria, parece que su servidor tiene problemas. Si no
puedes entrar en las webs de él, inténtalo más tarde)
El armario
Por Santiago Eximeno
(el presente relato ha sido
cedido por su autor, y fue publicado por primera vez en la antología
"Visiones" de la AEFCF en 2002)
I
Un débil resquicio de luz,
procedente de la lámpara del pasillo, se abría paso bajo la puerta, luchando
contra las tinieblas que reinaban en el dormitorio. El chico tenía la mirada
clavada en aquella diminuta franja luminosa, el único lugar de la habitación
que le inspiraba confianza y le ayudaba a controlar su miedo. En ocasiones
una figura desconocida caminaba por el pasillo y la luz desaparecía. Oía
claramente sus pasos sobre la moqueta, su respiración al otro lado de la
puerta cuando se detenía ante ella. Entonces agudizaba el oído. No quería
que el desconocido abriese la puerta, que entrase en la habitación. El pomo
temblaba, se agitaba, pero fuera quien fuese desistía y la luz reaparecía,
más brillante si cabe. Esos breves momentos de lucha con la única barrera
que los separaba se repetían a menudo, y el chico temía que finalmente el
muro fuera derribado y el extraño invadiese el dormitorio, que llenase de
luz aquel recinto sumido en la oscuridad.
El niño, de apenas trece años de edad, tez pálida y complexión delgada, con
unos grandes ojos oscuros que, según su abuela, representaban el rasgo más
interesante de su rostro, no sabía dónde se encontraba. Nunca antes había
visto aquel dormitorio, aunque ciertamente resultaba muy acogedor. Montañas
de juguetes le rodeaban. Multitud de criaturas de peluche cubrían el suelo;
naves espaciales y maquetas de antiguos aviones de guerras pasadas volaban
por el techo; diminutos muñecos de plástico inundaban las estanterías,
algunos representando a famosos dibujos animados, otros a diversos
personajes del cine y la televisión. La cama, algo grande para él, era muy
mullida, como le gustaba. Echaba de menos una almohada, pero era una
preocupación menor. Su gran temor no tenía origen en la falta de almohada,
ni en el dormitorio, ni en la oscuridad. Ni siquiera en el desconocido que
le acechaba. Su miedo particular era la tormenta. Una terrible tormenta que
quería destrozar la casa. El chico no podía precisar cuando se había
desatado. El tiempo había perdido por completo su significado en aquel
lugar. Recordaba que un trueno le había despertado, sobresaltándole.
–¡Mamá –había gritado, aterrado.
Entonces, por primera vez, la sombra había acudido. Al ver desaparecer la
franja de luz, no supo si sentirse aliviado o echarse a llorar. Pero la
puerta no se había abierto. El pomo giraba inútilmente de un lado a otro
emitiendo agónicos chasquidos. Clack. Hacia un lado. Clack. Hacia el otro.
Clack. Hacia un lado. Clack. Hacia el otro. El extraño no cejaba en su
empeño. Quería entrar a toda costa. Mientras intentaba forzar la puerta con
una mano, con la otra golpeaba una y otra vez, una y otra vez, una y otra
vez. El chico sollozaba, oculto bajo las sábanas. No podía ser su madre. Ni
su padre. En su mente infantil aquello que estaba al otro lado de la puerta
adoptaba las formas más inverosímiles y aterradoras. Veía su rostro cubierto
de sudor; la frustración y el odio reflejados en sus ojos rojos, llameantes;
sus dientes largos y afilados saliéndose de su boca desmesuradamente grande;
sus manos como garras, con las uñas curvadas como las de las aves rapaces.
No quería que entrara. Deseaba que se marchase. Gritó. Gritó con toda la
fuerza que pudo. Notaba las lágrimas rodando por sus mejillas, mojando las
sábanas.
–¡Vete! ¡Vete! ¡Vete!
Los golpes fueron ahogados por sus gritos, e instantes después simplemente
desaparecieron. El desconocido se había marchado. Ya volvería mas tarde. Se
quedó solo. Solo con la tormenta.
Desde muy pequeño –apenas tendría seis años– su padre, un hombre afable y
algo obeso, que con frecuencia aparecía en la pequeña pantalla en debates y
conferencias, le recriminaba su miedo a los rayos y los truenos. Se sentaba
en su cama los días de lluvia y hablaba largo y tendido, un monólogo
interminable sobre las posibles causas de su miedo.
–Hijo mío, estoy intentando decirte que la tormenta no es aquello a lo que
realmente temes: es sólo la representación física de tus miedos ancestrales.
El miedo a la oscuridad de la noche, el miedo a la sensación de desamparo
que provocaba la tormenta en los hombres primitivos, que no tenían lugar
alguno en el que cobijarse, es un miedo atávico que ha pasado de generación
en generación, perdurando a través de los tiempos. Es algo que ahora, en la
actualidad, carece de sentido. No debes sentir temor, ya que nada malo puede
sucederte. ¿Lo comprendes, hijo mío?
La carrera de sociología le había convertido en un orador brillante, en
ocasiones pedante, pero sin duda aburrido para un niño de tan corta edad.
Por ello siempre se quedaba dormido antes de que su padre terminara de
hablar. "Es como si me cantase una nana", pensaba a veces. A pesar de las
noches en vela y las conversaciones con su padre –"de hombre a hombre",
solía decir–, sus infundados temores reaparecían tras el primer trueno. Era
inevitable. Las tormentas le aterraban. Y ahora tenía una justo encima de su
cabeza. Y se encontraba solo. Solo en un lugar que no conocía. Una gota de
lluvia besó su rostro.
–La ventana... –gimió.
Abierta. De par en par. No había reparado en ello hasta aquel momento. Había
estado mas pendiente de la puerta que de cualquier otra cosa. Una suave
brisa mecía las cortinas, dotándolas de un extraño movimiento, una alocada
danza que parecía conferirles vida. No podía apartar los ojos de aquel
fascinante espectáculo. Nuevas gotas cayeron sobre el suelo enmoquetado.
–Deberías estar cerrada –susurró, indignado.
Un golpe en la puerta llamó su atención. Allí estaba de nuevo. Golpeando con
furia. Con ambas manos. Ya no intentaba abrir. Quería derribar la puerta. El
chico observó aterrado como las jambas temblaban, amenazando con venirse
abajo.
–La ventana...
Saltó de la cama. La ventana era la única salida. Debía elegir. No tenía
muchas opciones. La tormenta o el extraño. Tampoco tenía mucho tiempo. Los
golpes se habían transformado en truenos. El ruido era insoportable. La
oscuridad absoluta. Avanzó a tientas hacia su miedo. Un paso. Otro paso.
Tropezó con algo blando y cayó de bruces al suelo. Una tortuga de peluche
que exhibía un ridículo sombrero de copa le sonrió. Varios animales más le
imitaron, mostrando sonrisas vacías, sin vida. Se incorporó como pudo,
lloriqueando. Todo el cuerpo le temblaba. El corazón le latía mucho más
rápido de lo que nunca hubiera imaginado que podía hacerlo. Los golpes se
sucedían. La puerta crujía. Un paso. Las cortinas se agitaban violentamente,
ansiosas. Otro paso. Con cuidado. La ventana estaba ya muy cerca. Casi podía
tocar el marco con las manos. A sus pies se agolpaban montones de peluches,
acariciando sus pies desnudos. El techo cobró vida. Un caza rozó su pelo con
el tren de aterrizaje mientras giraba y giraba en círculos perfectos. El
U.S.S. Enterprise se estrelló contra un biplano intentando no colisionar con
una reproducción a escala del Halcón Milenario. Más golpes. Un paso más. Los
diminutos muñecos de la estantería, una construcción de conglomerado
realizado por algún aficionado al bricolaje, volvieron sus cabezas hacia él,
sonrientes. Algunos, como el Pato Donald, llegaron incluso a señalarle con
el dedo. Toda la habitación parecía pendiente de lo que iba a ocurrir. Todos
querían verlo. Un paso más. Ya estaba ante la ventana. En ese momento, un
rayo rasgó la oscuridad, y el chico supo que se había equivocado. Multitud
de recuerdos le asaltaron, la mayoría de ellos dolorosos. Gritó. Más allá,
al otro lado de la ventana, varios niños gritaron también, con sus caras
pálidas, con sus ojos oscuros. Sonreían. Le animaban a reunirse con ellos,
en la tormenta. Bajo la lluvia. La puerta saltó en pedazos.
II
Sobre la mesilla, junto a
la lámpara flexo de color rojo, cuya bombilla se había fundido meses atrás y
todavía no había sido cambiada, descansaba la botella de whisky; tumbada,
vacía, apoyada contra el viejo despertador en forma de casa, con el tejado
rojo sangre y las paredes blancas como la cal. Terminado ya su precioso
contenido, repartido por igual entre el vaso y la alfombra, yacía allí, sin
vida, mostrando al observador curioso momentos anteriores de euforia
alcohólica, de felicidad fingida; de soledad. Las agujas del reloj marcaron
las ocho en punto y la alarma se puso en marcha: una serie inconexa de
mugidos, balidos y diversos sonidos inidentificables. El hombre permaneció
inmóvil unos instantes, con los ojos cerrados. Tenía ya más de cuarenta años
y no era la primera vez que se despertaba con resaca. A pesar de ello tuvo
que realizar un gran esfuerzo para silenciar la granja. Levantarse de la
cama resultó una ardua tarea. Recorrió el pasillo apoyándose en las paredes,
una mano a cada lado. La cabeza le daba vueltas y sentía un gusto amargo en
la boca. No recordaba nada de lo ocurrido la noche anterior. Como las otras
veces. Como siempre. Entró en el servicio y se dejó caer en el interior de
la bañera. Algunos minutos después abrió el grifo de agua fría y permaneció
allí, tumbado, hasta que la niebla de alcohol que envolvía su mente
desapareció. Mientras el agua corría por su cuerpo creyó oír un ruido, como
si un gato estuviera arañando la puerta. No le dio importancia.
La mañana era espléndida. Llegó a la oficina a las nueve en punto, como
acostumbraba. El edificio era una torpe construcción en tonos grises, baja y
rechoncha, con pequeñas ventanas dispuestas en varias hileras que parecían
corresponder a estrechos cubículos de no más de tres metros cuadrados, donde
hombres con traje oscuro, chaqueta y corbata permanecían confinados durante
horas, ocultos tras montañas de papeles, esperando ansiosamente la hora de
la comida. La realidad distaba mucho de la decepcionante primera impresión.
En su interior aquella deformidad urbana ocultaba algunos de los mayores
adelantos en edificios inteligentes: control de temperatura automático,
ascensores con respuesta a la voz humana, un sistema de alarma que era capaz
de percibir el vuelo de una mosca...
El hombre se dirigió a los ascensores, saludando con un imperceptible
movimiento de cabeza al portero. Aquel hombrecillo de pelo blanco y ojos
inquietos nunca había sido de su agrado, pero su gesto torcido y su evidente
asombro al verle caminar hacia los ascensores le sorprendió. ¿Acaso no
esperaba verle por allí esa mañana?
–Subo –gruñó a uno de los micrófonos de la pared.
Miró de reojo al portero. Hablaba con uno de los guardias jurados, el chico
nuevo de pelo rubio y aspecto imponente, que intimidaba sólo con la mirada.
Recordaba haberle visto una vez fuera de las oficinas, con unos tejanos
gastados y una camiseta que permitía apreciar su cuidada musculatura. La
conversación le atañía; el portero le señalaba con disimulo y aquel montón
de músculos no dejaba de mirarle. Iba a volverse, dispuesto a enfrentarse a
ambos, cuando el ascensor abrió sus puertas.
Su despacho, situado en el tercer piso, era una acogedora habitación de unos
veinte metros cuadrados. Una mesa de caoba dominaba el lugar. En la pared
opuesta a la puerta, la única con ventana, una estantería de metacrilato
mostraba orgullosa numerosos volúmenes de leyes; no parecían haber sido
movidos en mucho tiempo. En otra de las paredes, detrás del sillón con
ruedas que solía ocupar, un gigantesco mural en blanco y negro ofrecía la
imagen de una feria ambulante, con sus payasos y malabaristas. Una montaña
de papeles y portafolios descansaba cada mañana sobre su mesa. Hoy no. Se
sentó, resopló con resignación y se llevó las manos a la cabeza. El silencio
era casi absoluto. A lo lejos podía sentir el rumor del ascensor. Alguien
subía. Una extraña sensación le invadió. Tuvo la certeza de que era la única
persona que se encontraba en aquel momento en el tercer piso. En toda la
oficina. Salió al pasillo. A su derecha se extendía una hilera de puertas
que conducía al resto de los despachos. El pasillo doblaba a la izquierda y,
según recordaba, terminaba en la escalera de incendios. A su izquierda
quedaba una puerta, la del despacho de su superior, y el ascensor.
–¿Hola? –dijo en voz alta.
Nada. Todas las puertas permanecieron cerradas. El hombre caminó por el
pasillo, llamando en cada despacho con suavidad.
–¿Hola? ¿Hay alguien?
Nadie. Vacía. La oficina estaba vacía. Recordaba algo. Algo sobre unas
vacaciones obligatorias. Sobre una reestructuración. El despido. El ascensor
se detuvo en el tercer piso y abrió sus puertas.
–¡Eh, amigo!
Era el guardia.
Entró en la cafetería de la esquina y pidió un cortado. Se sentía humillado.
El joven le había acompañada hasta la salida. Se había mostrado amable y
solícito, como si temiera alguna reacción histérica por su parte. Era una
situación tan... humillante.
–Que le jodan –musitó.
–¿Perdón, señor?
El camarero le miraba, ansioso. Le despidió con un gesto. A su lado,
sentadas a una mesa, dos mujeres conversaban animadamente. Una de ellas le
resultaba familiar. Seguramente alguna de las secretarias, que añoraba
desayunar cerca de la oficina.
–¿Has leído el periódico esta mañana? - susurró la mujer desconocida,
tomando un sorbo de su café.
–No. Cuéntame.
–El asesino ha vuelto a matar otra vez. Ya van siete con este.
–¿Siete? Dios mío, ese tipo está enfermo. Deberían...
Pagó y abandonó el local. Al salir se cruzó con una familia. La madre
llevaba de la mano a una preciosa niña rubia, con una radiante sonrisa. Sin
saber por qué, apartó la vista. Había algo en aquella sonrisa que le ponía
los pelos de punta.
III
Abrió los ojos. Un
impenetrable velo de oscuridad envolvía su rostro. Su retina tardó algunos
segundos en acostumbrarse a la débil luz procedente de la ventana, que se
colaba por las rendijas de la persiana. Descubrió sobre su mesilla de noche
el contorno de la granja y miró la hora. Las dos y cuarto de la madrugada.
Permaneció un tiempo indefinido mirando con expresión absorta el monótono
avance del segundero. Tac. Tac. Tac. Una suave brisa nocturna inundaba la
habitación. Rodó sobre uno de los costados y quedó boca abajo, rozando la
cabecera de la cama con su pelo alborotado. Echaba de menos una almohada. Se
sentía incómodo. Bostezó. Tac. Tac. Tac. A lo lejos un conductor nervioso
hacía sonar el claxon. Una conversación privada le llegó a través de la
pared. Un beso. Susurros. Cerró los ojos y ocultó el rostro entre sus
brazos. Tenía sueño. Era muy tarde. Mañana tenía que trabajar. Tac. Tac. Tac.
Miró el reloj. En la esfera luminosa la disposición de las agujas le
sorprendió. Eran las tres y veinte. De nuevo despierto. Algo le había
desvelado dos veces la misma noche. ¿Qué había sido? Un ruido, por supuesto.
Escuchó con atención.
Tac. Tac. Tac. Nada. No había gota de agua en el lavabo, ni discusión de
vecinos, ni una de aquellas insoportables fiestas nocturnas, ni una
sirena... Nada. Silencio. La suave brisa agitando la persiana. El tic tac
del reloj. Su propia respiración. Tenía que madrugar. Tenía que hacer tantas
cosas. La mas importante de todas, buscar un nuevo trabajo. No soportaba su
nueva condición de parado. Notó que los brazos de Morfeo le rodeaban. No se
resistió. Tac. Tac. Tac.
–Maldita sea –masculló.
Las cuatro y dieciocho. Los nervios a flor de piel. Había oído algo. Un
ruido como... Ahí estaba de nuevo. Lo oyó claramente. Rac. Rac. Abrió los
ojos por completo y se incorporó en la cama hasta quedar sentado. Arañazos.
Débiles, apenas audibles; ahí estaba la causa de su insomnio. Dedujo que
debía de provenir de la puerta de entrada. Vivía en el piso bajo de un
bloque de apartamentos, en un barrio periférico de la ciudad. No sería la
primera vez que alguno de sus vecinos, al volver a casa tras la juerga
nocturna, hubiera dejado abierto el portal. Y esa noche algún gato había
decidido aventurarse en el interior del edificio en busca de calor y comida.
Pues bien. El jodido animal no le iba a quitar el sueño. Que siguiera
arañando. Ya arreglarían cuentas por la mañana. Rac. Rac.
–Jódete, amigo –gruñó –. No pienso levantarme.
Un pensamiento cruzó su mente como una ráfaga de luz. ¿Y si no era un gato?
¿Y si era algún gracioso, o peor aún, alguien que quería entrar en la casa a
robar? No, no parecía lógico. Notaba la pesadez en los párpados y la
relajación de sus miembros. El cansancio le permitió rechazar con facilidad
la nueva teoría. No, sin duda era un gato. Un gato grande y gordo, de color
negro, con una mancha blanca que le recorría el lomo. Como una mofeta. Una
mofeta que hablaba francés. Instantes antes de dormirse, tuvo una curiosa
sensación. Creyó que los arañazos no provenían del exterior de la casa, sino
del interior.
IV
–¿Qué desea hoy?
La pregunta le pilló desprevenido. Carraspeó suavemente y miró a su
interlocutor. El camarero esperaba su respuesta, cortés, con una libreta de
notas en una mano y un bolígrafo en la otra. Era un muchacho joven, de tez
morena y pelo rizado oscuro. El hombre pensó que su árbol genealógico debía
estar repleto de gente de color. No se consideraba racista. Tenía, eso sí,
los mismos reparos hacia los negros, los moros y los chicanos que otros
muchos millones de personas. Por ello la excesiva confianza que demostraba
aquel joven a veces le exasperaba. ¿No notaba las diferencias, tanto
sociales como económicas, que les separaban? ¿Estaba ciego? Suspiró.
–De primero tomaré la sopa de mariscos, y de segundo... la merluza en su
salsa. ¿Cómo? Sí, vino de la casa.
Mientras el camarero se alejaba notó la gran afluencia de público aquella
tarde al restaurante. Hoy estaban haciendo un gran negocio. Casi todas las
mesas estaban ocupadas, y algunas de las que permanecían vacías mostraban el
cartel de reservado. A su lado comía una joven pareja. No podía evitar
escuchar su acaramelada conversación.
Llegó la sopa. Estaba caliente pero muy sabrosa. Después trajeron la
merluza. Algo salada, pero igualmente deliciosa. Le encantaba la cocina de
aquel local. Era su restaurante favorito. Mientras esperaba el postre, una
tarrina de vainilla y chocolate, estudió al resto de los comensales. Dos
adolescentes en una mesa cercana sostenían una grotesca conversación.
–Como te lo digo, los mata y luego se lleva un recuerdo de ellos.
–No es posible –susurraba el chico, con gesto ofendido.
–Pues sí lo es. Los estrangula, casi siempre con su propias manos, y luego
les roba algo. Un zapato, una gorra...
–Santo Dios, ese tipo es un pervertido.
–Eso mismo creo yo.
–Oye, no abusará sexualmente de ellos, ¿verdad?
Un anciano tomaba sopa ruidosamente en una de las mesas mas alejadas. Mas
allá un hombre de su edad terminaba con unas chuletas. Le llamó la atención
una muñeca de largo pelo rojizo que descansaba en una de las sillas. Quizá
un regalo para su hija. Su hija. Dolorosos recuerdos le acechaban. Se fijó
en una de las mesas del fondo, las que daban casi a la cocina. Una familia.
Padre, madre. Y una niña. La misma que había visto la mañana pasada en la
cafetería. Con su misma sonrisa. Y le miraba. A él. Dios mío, apenas tenía
diez años y ya se le estaba insinuando.
V
Arañazos. Arañazos. En la
puerta de entrada. Y voces. Oye voces. Son niños. Están riéndose.
Provocándole. Quieren que se levante de la cama, que vaya a por ellos y les
castigue. Desean que les castigue. Que les haga daño. Pero no lo van a
conseguir. Que arañen lo que quieran. Que chillen. No le importa. Se
revuelve entre las sábanas, inquieto. Le asustan. Tan jóvenes. Tan malvados.
No se levantará, no señor. Que le esperen sentados. Arañazos. Y esa extraña
sensación. Están dentro. Están arañando la puerta, pero ya están dentro de
la casa. Han venido por él. No sabe por qué. No puede recordarlo. Imágenes
borrosas, rostros en la niebla. ¿Qué demonios es lo que he hecho? ¿Por qué
me acosáis de esta forma? Abre los ojos. Los ruidos cesan. Las risas callan.
Está aterrado. Ahora que tiene los ojos abiertos, sabe que no era un sueño.
VI
La niña gimió
desesperadamente y agitó sus manitas en el aire, intentando arañarle la
cara. En su cerebro, abotargado por la falta de oxígeno, los recuerdos más
dispares surgieron como diapositivas en un proyector. Imágenes estáticas que
representaban toda una vida. Su primer día de clase, rodeada de niños y
niñas que la miraban inquisitivamente, con una curiosidad mal disimulada.
Aquella mañana de agosto que estuvo tan enferma que apenas podía hablar, y
estuvo durante semanas tomando sólo líquidos. Su amiga Marta, sonriente, con
un precioso vestido azul claro. Su madre, en la cocina. Su padre,
abrazándola y levantándola por los aires. El árbol de navidad, lleno de
luces de colores. Tosió. Se ahogaba. El cuello le ardía. Aquellas manos,
como tenazas. El hombre le iba a matar. ¿Es que no se daba cuenta? Clavó con
fuerza las uñas en las manos del agresor. Sintió la sangre en sus dedos.
Todo era oscuridad. El dolor desaparecía. Se sentía ligera, como si le
hubieran quitado una pesada carga de encima. Nuevas imágenes invadieron su
mente. Una ventana suspendida en el vacío. La lluvia repiqueteando en los
cristales. Y los niños. Con sus caras pálidas. Con su sonrisa. La llamaban.
La querían. Fue con ellos.
El hombre la miró. Una marioneta sin hilos. Un cuerpo muerto entre sus
manos. La depositó con cariño sobre la hierba. El rostro estaba desencajado.
Los ojos parecían querer salirse de las órbitas. Ya no sonreía. Ya nunca
más. Se sentía bien. Mejor que nunca. Unas voces le alertaron. Adultos
gritando su nombre. Esther. Un nombre precioso. Una niña preciosa. La dejó
allí, en el parque, sin vida. En su alocada carrera se cruzó con un joven
que le siguió con la mirada. Cuando la policía le interrogara más tarde no
tendrían ningún problema en recordarle. Le describiría con todo lujo de
detalles. El asesino de niños. El monstruo. No tardarían en atar cabos.
Irían a su casa. Le detendrían. Quizá algún agente joven
yo-también-tengo-hijos querría tomarse la justicia por su mano y le pegaría
dos tiros. Era una posibilidad. Corrió como un poseso hasta que llegó al
portal de su casa. No pasaba nada. Todo iba bien. Sólo necesitaba su botella
de whisky. Para olvidarlo. Para ocultar el hecho en los lugares más oscuros
e impenetrables de su mente. Como siempre. Miró sus manos. Un lazo para el
pelo. Rosa. Tan bonito. Tan inútil.
VII
Despertó. Las luces estaban encendidas. Había olvidado apagarlas cuando
volvió de... de... No lo recordaba. Y tenía un dolor de cabeza horrible. Se
puso en pie sin saber muy bien por qué lo hacía. Sobre la alfombra
descansaba una botella vacía. Whisky. Se dirigió hacia el interruptor.
Apagaría la luz y volvería a dormir. El reloj marcaba las seis y media. Hoy
era fiesta. No recordaba si era sábado o domingo, pero no tenía que ir al
trabajo. Apagó la luz. La puerta del dormitorio, que comunicaba directamente
con el salón, estaba abierta. Habría oído los arañazos de todas maneras. Las
risas (¿o eran llantos?). Pero si la puerta hubiera estado cerrada, habría
pensado que procedían del exterior. Así lo había creído las anteriores
ocasiones. Ahora sabía cual era el origen de aquellos sonidos infernales. No
procedían de la calle. Venían del armario; un armario empotrado, al lado de
la entrada. No recordaba para que servía. No recordaba haberlo abierto nunca
(¿o sí lo había hecho?). Pero los arañazos eran claros. Y las risas.
Aquellas horribles risas. Avanzó hacia el armario, decidido. Lo abriría. Los
echaría de su casa (¿a quién?). Si era necesario, los castigaría (¿por
qué?). Tenía la mano en el pomo. Un giro. Clac. Los arañazos eran mas
fuertes. Las risas habían cesado. Entornó la puerta. Tenía que verlo. Tenía
que saberlo. Abrió por completo.
Nadie. En el cielo se desató la tormenta. La lluvia cayó con estrépito en
las calles. No había nadie. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué le perseguían las
risas? ¿Por qué le acosaban los arañazos? El armario estaba vacío, a
excepción de una voluminosa caja de cartón, cubierta por una sábana. La tomó
entre sus brazos y la llevó al sofá. Oyó un trueno. La lluvia aumentó su
violencia. Retiró la sábana con cuidado. Su rostro perlado de sudor se
reflejaba en el espejo del salón. Su propia expresión, la de un animal
acorralado por el cazador, esperando la muerte, le sobresaltó. No se atrevía
a mirar el interior de la caja. Recordaba... algo. Algo malo se ocultaba en
la caja. Algo que había permanecido ignorado durante mucho tiempo. Palpó los
objetos que allí yacían, olvidados. Aquello era... un jersey. Esto otro, una
balón de rugby. Mas allá, unas gafas. Unas gafas. De un chico rubio. Con
ojos azules.
Recordaba su sonrisa. Su eterna sonrisa. Era un insolente. Recordaba cuanto
gozó aquella noche. Fue la noche que su mujer le abandonó. Había bebido
mucho. Y aquel niño, sonriente, camino de su casa. Era muy tarde. No debía
estar solo. El jersey. Todo el día jugando a la pelota. Sin ir a clase. Y
siempre sonriendo. Siempre. Un maleducado. Aquel mes se sentía cansado de
vivir. Pasaba tardes enteras sentado en los bancos del parque, viendo a los
niños jugar con sus padres. Su mujer le había escrito. Volvía a casarse.
Quería los papeles del divorcio. Y el niño no se había disculpado. Le había
golpeado con el balón y no se había disculpado. La cinta para el pelo. Una
niña. Una niña preciosa. Su sonrisa.
–¡Oh, Dios mío!
Cayó de rodillas, con las manos entrelazadas. Ahora lo recordaba. Ahora lo
recordaba todo. Sus salidas nocturnas. Sus borracheras. Los niños. Su rabia.
Su rencor. Lloró, ocultando el rostro entre las manos. Lloró como si aquello
fuera suficiente penitencia. Permaneció allí, de rodillas, llorando,
esperando una señal. Había perdido el camino. Necesitaba un guía, un amigo.
Oyó golpes contenidos en la puerta de entrada.
–¿Hola?
La tormenta estaba en su apogeo. La lluvia se colaba por la ventana. La
había dejado abierta.
–¿Hola? ¿Pueden oírme?
Sí. Claro que podía oírle. Malditos. No le atraparían tan fácilmente. No
ahora que sabía quien era en realidad. No ahora, con tanto trabajo por
hacer. Sólo tenía dos opciones. La puerta. O la tormenta. Dio un paso hacia
la ventana. Oyó voces en el armario. Algo grande y pesado cayó al suelo. No
se atrevió a mirar. Tenía que salir de allí. Otro paso. Otro. Las luces se
apagaron. Apoyó sus manos en el marco de la ventana. En aquel momento un
rayo rasgó el cielo, y el hombre supo que se había equivocado.
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