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  Weird Tales: nuestros relatos

Presentación
Mi psicoterapeuta me ha dicho que para superar mi narcisismo egópata he de exponerme al ridículo y la humillación pública con cierta frecuencia, de manera que paso a desempolvar uno de mis viejos relatos. ¿Por qué de los viejos? Porque últimamente no escribo, no nos engañemos, mi desmotivación es prácticamente total. Alguno, después de leer el siguiente cuento, incluso pensará que gracias a dios. En cualquier caso, sacar ahora este material es en cierta manera respaldar a aquel muchacho veinteañero que escribía todas las noches, con auténtica disciplina. Ni tan siquiera lo he corregido, veo perfectamente las partes que no funcionan, y hay fragmentos que me hacen enrojecer, pero ahí se quedan. Yo mismo lo quemaría en una pira por horrible, pero no soy objetivo, así que os lo entrego para que el linchamiento sea vuestro.
Además, pertenece a mi época más incendiaria, antes de que me pusiera "raro" y me diera por un neosimbolismo muy difícil de digerir, y considero que es un cuento todavía bastante provocador, ya verán porqué. En estos tiempos de corrección política, y aunque yo considere que ello es obvio, no huelga el considerar que el relato es ficción, y que su protagonista es mi propio psicópata, que el tío está tarumba. No pretende ser en punto alguno naturalista, de modo que por favor, no busquen tres pies al gato.

Amar a las desconocidas (Misoginia)
Por Javier Ludeña

Siempre he tenido ideas muy románticas sobre las mujeres. De acuerdo, quizás las tengo algo idealizadas, tal vez ese sea el problema. ¿Creen ustedes eso? ¿De veras un hombre ha de conformarse con tan poco? Una mujer ha de ser como la Beatriz de Dante, como la Laura de Petrarca, la Margarita de Goethe, la Helena de Homero… ¿son aspiraciones tan necias? ¿Es acaso tanto pedir un amor tan puro como el de Ofelia o Anabel Lee? No, lo siento, en esto soy irreducible. Soy un hombre de cierta categoría, y sé lo que es esperable en una mujer. Si cada uno hiciera lo que le corresponde, no pasarían estas cosas. Yo amo a las mujeres, y las conozco bien, mejor que ellas mismas. ¿Acaso su facultad para dar la vida no ha de significar nada? Eva no pudo salir de la costilla de Adán, Eva era en sí misma el proyecto, y Adán el espectador necesario para sus encantos, porque de nada sirve una canción si nadie la oye. Para ellas, y no para nosotros, fueron creados el arte, la música y la poesía. Soy de los creen en aquella alegoría de la figura desnuda con los brazos extendidos y espléndidos, rodeando el cuello del caballero vencido, ofreciendo su descanso a la cabeza del amante malherido, sus labios sonrientes no deberían pronunciar sino palabras de amor y frases inteligentes. Todo lo que las conforma es pura perturbación de lo divino en lo terreno.

Lo admito, he hecho daño a muchas mujeres, pero yo no he tenido la culpa. Cada puñetazo que le he propinado a alguna me ha dolido más a mí que a ellas, que en el fondo lo estaban buscando, las muy puercas, con su desfachatez y su falta de feminidad, sus difamantes maneras de simples rameras. Insultaban con sus cuerpos todo lo que es bello y digno, y por lo tanto todo lo que es femenino. ¿Qué sabrán ellas de ser mujer? Sus cerebros están huecos, se interesan únicamente por sandeces de moda, egoístas, egocéntricas, en ninguna parte parece reflejarse el espíritu natural y entregado de la maternidad. Mezquinas, crueles, un hombre sería capaz de matarte, pero una de esas mujeres te mataría habiéndote torturado noche tras noche antes de matarte. Incapaces de aceptar el sacrificio, mucho menos lo son de realizarlo. No sientan pena por ellas. Me dan asco. Las mataría a todas. ¡Malditas putas! ¡Malditos sus culos rollizos, sus axilas velludas, su moralidad pestilente! Si ellas son las primeras en no respetarse, yo no tengo porque hacerlo tampoco. Actúan como hombres, pero les falta su nobleza. Son los animales del diablo, las aves de rapiña más extendidas. Tienen nombres como Ana, o Gema, o peor aún, María. ¡como si fuera aceptable para alguien con un mínimo de donosura llamarse María! Estas flores del oprobio no pueden darle pena a nadie en su sano juicio.

¿Por qué me miran así? ¡Saben que tengo razón, que no tengo ningún problema, salvo el de padecerlas, a las falsas mujeres, a esas impostoras, que no le llegan ni a la suela de los zapatos a Beatriz o a Laura, que no conocen la candidez de Margarita ni cuando duermen, que no suspirarían como Ofelia aunque se estuviesen ahogando en su mismo lecho acuático!

Por eso en mi vida he procurado no acercarme nunca a ninguna mujer, aún cuando sé que soy apuesto y muy buen partido. Y tampoco las dejo a ellas acercarse, mi idealismo ya ha sido suficientes veces golpeado. ¡Tan a menudo! Conoces a una mujer hermosa, que al primer vistazo te llena y te arrebata, pones la mejor de tus esperanzas, y crees que es ella. Hasta que abre la boca, cuando abre su maldita boca, todo ha terminado. Otro mono calvo ¡No, jamás, jamás seré yo el que lo estropee! Jamás seré yo el que dé el paso, el que pase la cuerda de sus inútiles bellezas para descubrir de nuevo la firma del falsificador!

Por ese motivo he amado mucho, a muchas, pero siempre de lejos. Ni tan siquiera el sexo ha sido aliciente para sacarme de mi equilibrada postura. El sexo es algo pobre, que no requiere esfuerzo, que hasta la más inmunda bestia puede realizar y realiza. La única mujer digna de mi estima, por definición, es la mujer desconocida, la que me deja inventármela a mi modo, llenarla de gracias que ella por sí sola es incapaz de tener, imaginarla.

¿Qué soy injusto? ¿Qué soy un misógino? ¡No, qué va! Lo vuelvo a repetir, aunque lo crea innecesario: las misóginas son ellas mismas, no yo. Yo las amo, las amo sinceramente, y además las adorno y las hago crecer en mi cabeza. Mi vida es toda entrega hacia ellas. Yo sé lo que me digo, yo las veo con mucha más claridad que ellas mismas… Mi filosofía es tal, que a mí no pueden confundirme ni las sombras proyectadas sobre la pared de la caverna.

Y aún sin poseer a ninguna, las amo, las amo en general, en abierto, en abstracto. ¿Puede haber mayor generosidad que la mía? Y no como ellas… putas, putas abyectas. ¿No les parece grande mi amor? Digno de un Mesías, mayor que el de un buen rey… Me gusta mirarlas, no como algo erótico, sino como algo religioso, buscando una comunión total, todas las noches, detenidamente. Intento aprenderlas, establecer puentes entre su feminidad desaprovechada y mi espíritu, y beber de ellas. Salgo a dar largos paseos, que a menudo me conducen a bares de soltero, otras veces a discotecas. Llego solo, me apoyo en la barra y observo. Y elijo. Elijo a mi candidata. La absorbo, la hago mía, la marco, la sigo con los ojos, y la invento. Sobre todo la invento, y procuro olvidar sus rituales de hormiga, con sus amigos o con su novio. ¿Acaso no hay siempre sólo dos caminos? El del recuerdo y el de los sueños, el amor que fue o el amor que no será, ¿y no están ambos sólo dentro de nuestra cabeza? Entonces quién podría criticar el mío.

Por ejemplo… como cada noche. Las veo y me digo: aquella se llamará Fortunata, como “afortunada”, y afortunada será esta noche, pues se irá en mis sueños a dormir conmigo, y moverá mi mano, y será mi diosa esclava. Esa otra se ha de llamar “Benedicta”, no consiento que se llame de ninguna otra manera. “Benedicta”, la bendecida de talentos; ha de ser poetisa, y riega sus noches de vigilia con canciones. La de más allá es Luz, y como la misma alba ilumina la vida de los que la rodean y les trae la esperanza. Ah, qué grandes mujeres. Qué afortunado soy por poder poseerlas a todas de esta forma, y qué tristes los demás caballeros, que están bailando realmente con ellas sin ser capaces de descubrirlas. Las palpan, pero no llegan a su esencia, que es toda mía.

Hasta anoche. Anoche la encontré a ella, ya lo saben ustedes.

Ella era el sumum de la perfección. La armonía de sus facciones no podía ser casual. Algún Dios bien dotado para el arte tenía que haber sido su arquitecto, pues la conjunción de cada una de sus partes forman un todo tan delicioso, que hasta las flores enrojecían a su lado, e intentaban imitar con sus pétalos la magia de su mejilla; más fracasaban, pues para conseguirlo habrían tenido que ser la otra, y estar separada de la primera por aquella nariz perfecta, ni muy grande ni muy pequeña. Su frente era despejada como un cielo sin nubes, y bajo ella aquel par de amables ojos -pues amables debería de significar “merecedores de ser amados-, dulcemente azules, eran como la Luna y el Sol de importantes y hermosos. Y tal parecían, que era como si su rostro fuera el alba de bello y luminoso, y era como si esa Luna y ese Sol se negasen a retirarse para dejar paso el uno al otro queriendo contemplarla más rato, y discutiendo sobre si esos labios eran en verdad el paraíso o simplemente la puerta, pues el paraíso se encontraba dentro, donde ella tenía su corazón, oh nido de besos. Sus hombros eran fuertes pero hermosos, y bien formados por la danza marcábanse a través de su vestido suntuoso. Y su cuerpo, ¡su cuerpo con todo lo que forma una mujer!, era el más querido de los poemas, el más musical y embelesante, como concebido para el placer y la ternura. Las otras, comparadas con ella, no eran más que unos astros que formaban su cortejo, como planetas sin luz rodeando una estrella, y aunque en su actitud había un modestia que parecía pretender hacerla pasar por una más, no podía, de lo terriblemente desnivelada que resultaba la comparación.

Beatrice, supe que se llamaba Beatrice. Era perfecta, era el amor y caí a sus pies. ¿Tocaría el piano, o el arpa? Tal vez las dos cosas. Y hablaría de filosofía, o de mística, sabría los nombres de los querubines y de los serafines, haría dibujos al estilo de Blake, o tal vez haría crecer rosas rojas con sólo acariciar los tallos de los rosales con las yemas de sus dedos. Viviría en una casa acogedora, seguramente la arreglaba ella misma con gusto, con feminidad, sabiendo siempre como convertir un rincón en el Edén.

La amé tanto, que desee que no me viese.
La miré durante toda la noche. La espié cuando se le acercaron aquellos dos mozalbetes de tres al cuarto. Me regocijé con mi no peleada victoria cuando la vi mofarse de ellos y rechazarlos. Aquello me encantó, me confirmó que finalmente había dado con la mujer ideal. ¡Beatrice, Beatrice! Fiel en el amor, amiga de sus amigos, ¡que decoro, que gracias y maneras! ¡Que sonrisa! ¡Que manera de ahuecarse el pelo, con aquellas manos de pianista! ¿Le gustaría Novalis, o Goethe? Novalis, sin duda Novalis, tenía cara de leer a Novalis. Seguro que con sus amigos mantendría conversaciones sobre los clásicos, bebería vino, como corresponde a una mujer de su clase y educación. Y no podría llegar muy tarde a casa, su anciano padre ciego la esperaría, y ella, toda entrega, tiene que ponerle la inyección.
Beatrice, Beatrice, Beatrice, cuanto te amo Beatrice, ¡cuan tuyo soy, una palabra tuya y la sangre de mis venas es tuya!

Toda la noche transcurrió en continuo éxtasis, para mí y para mi Beatrice. Estuvimos juntos sin estarlo, y la conversación entre mis ojos y los suyos ausentes y ocupados en la profundidad de sus propios asuntos, fue una de las más fogosas charlas que he tenido en mi vida. Bailamos juntos, yo desde mi oscuro rincón junto a la barra, ella de la mano de una amiga. Bebimos juntos, yo apurando el fuerte licor de mi copa, y ella saboreando el néctar de la suya. Y finalmente, se hizo tarde, y ella hizo gesto de tenerse que retirar. Y yo, naturalmente, la acompañé, primero con los ojos, luego tras sus pasos a cierta distancia, procurando que no me notase, que no rompiese la ilusión perfecta.

La seguí por la calle. Caminamos despacio, y yo a cada paso besaba el pelo de Beatrice. Ella giró una esquina, yo hice otro tanto. Y entonces sucedió: ¡ella no estaba! ¡La había perdido! ¿Era posible, de qué modo?


Me revolví sobre mi mismo como una peonza. A punto estuve de caer al suelo, al borde de las lágrimas. Enfermo de desesperación me apoyé contra la pared. Me sentí viudo. Mi Beatrice había volado, me había dejado solo, me había roto el corazón, ya no la vería más. Ahora tenía algo por lo que llorar, llorar el resto de mi vida. ¡Qué emocionante era! ¡Que gusto tan sagrado! El sabor salado de las lágrimas me hizo rememorar el sabor de su nunca degustada saliva. ¡Gracias, Beatrice! Haciéndome rodar por el suelo me has bendecido… ¡Me has…, me has…!


Entonces una puerta se abrió, y me encontré de cara con ella. Casi desfallecí de excitación y también de miedo. Temí que iba a salir corriendo, incontroladamente, pero no lo hice. Estuve por abrazarla, decidido a aniquilar mi propia norma. Ya nada me separaría de mi Beatrice. Nada… hasta que ella habló. “Pasa” – Me dijo, sólo eso, sólo “pasa”, pero con un graznido tal, que la sangre se me heló en cada una de las venas. Perplejo, no supe de que otro modo reaccionar que obedeciendo. De modo que pasé.

Me encontré en un estudio pequeño y desaliñado. En las paredes infernales había cuatros de payasitos, y un llamativo póster de un niño haciendo sus necesidades en un orinal. En la pared opuesta, otro póster, éste de Marilyn Manson, casi hacía contrapunto con una espeluznante estantería apenas vacía, con unos cuantos modernos libros betsellers. Al principio no supe dónde estaba, luego simplemente no puede creerlo. Entonces su decepcionante voz volvió a relinchar:

“Yo me llamo María. Te he visto antes, en la disco, tío, pero no atreví a decirte nada. Estabas tan serio… Sobre todo cuando ha venido mi ex a saludarme, habría deseado que te acercases y me lo sacases de encima”

Lentamente se abrió el vestido ante mis estupefactos y malheridos ojos, dejando al descubierto sus senos puntiagudos. Entre ellos llevaba un tatuaje absurdo que no representaba nada, una de esas majaderías que llaman “forma tribal”.

“Tengo ganas. Ven, primero vamos a hacerlo, y luego ya tendremos tiempo de descubrir cual es tu rollo”, y se señaló su sexo…

Simplemente eso. Ya no la dejé decir más.

Cogí su cuello con las dos manos, y lo apreté con todas mis fuerzas. Al mismo tiempo lancé los brazos hacia delante, y le golpeé la cabeza contra la pared. Creo que murió al instante, pero no me importó. ¡Yo tenía que vengarme, tenía que vengarme de que hubiese matado a mi Beatrice, tenía que vengarme porque me la hubiese robado para suplantarla por aquel vil embajador del país de las todas, de las cualquiera! Por eso seguí golpeando una y otra vez, mientras mis dedos penetraban en su carne hasta hacerla brotar sangre. Por eso la maté más de mil veces, porque sabía que no podría matar a mil de las otras. No tendría tiempo ni fuerzas.

Casi fue un acto de piedad, o de defensa de aquello que más amo. Porque yo amo a la mujer, a todas las mujeres.


11 de enero de 1999.