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10 de septiembre de 2010

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Cocodrilo: Un asesino en serie
(Primeval, 2007)


Por Javier Ludeña Fernández
(24/08/2007)

El televisivo Michael Katleman, firmante de Primeval, ha hecho una cosa que me gusta, y otra que no me gusta. Primero la que me gusta, si bien la mayor parte del mérito de ello tengo que desviarla hacia los guionistas John D. Brancato y Michael Ferris (los autores del guión de “The Game” o “Terminator 3”): aún habiendo hecho una monster movie en su modalidad creature feature post Tiburón (Jaws, 1975, de Steven Spielberg), y no ocultarlo en ningún momento, no ha caído en lo conformista y convencional, consiguiendo desarrollar entre sus líneas un ácido y doloroso comentario social sobre nuestro mundo y dotando a la película de un mensaje inteligente que da que pensar. Ese mensaje, aparte de estar construido en el recordatorio de la penosa situación de África, un continente cuyo nombre evoca el hambre, la guerra civil, el genocidio o las dictaduras, está basado en la perversa pero acertada idea de que a nosotros, los del primer mundo, nos importa mucho más un cocodrilo que todo eso. Y es que la premisa de la película es muy clara: en la vertiente del río Ruzizi, entre los estados de Ruanda, el Congo y Burundi, han sido asesinadas muchos miles de personas y aún hoy en día se están cometiendo a diario crímenes étnicos, y esto no es una invención de la película, esto es así en la vida real (1); sin embargo, esa guerra civil ya ni siquiera aparece en nuestros Telediarios porque no tiene la garra comercial suficiente, requisito aberrante de una sociedad en la que el conocimiento también se ha vuelto consumo, y la realidad se mercadea con los mismos criterios de audiencia que la ficción. Sus miles o millones de muertos no importan, porque no venden. Sin embargo, un solo suceso hace saltar la alarma sobre que en dicho río habita un cocodrilo de 6 metros de longitud que se ha zampado ya a decenas de nativos, ¡y esa noticia ya es otra cosa! Eso es algo que da morbo, por lo menos ofrece un par de cierres de informativo, algún que otro documental y varios miles de ejemplares de revista vendidos. Así que los periodistas del mundo libre y desarrollado recuperan el interés por Burundi, y se trasladan allí en plan Steve Irwin. ¿A ocuparse de las personas? No, a perseguir al cocodrilo.

No es el único hecho de la película basado en la más estricta vida real. También el animal en cuestión, llamado Gustave por la gente de la zona, existe. El saurio habita desde hace décadas en la ribera de aquel río próxima al lago Tanganika, y es el terror de pescadores y bañistas. Dicen que lo peor es su época de celo, porque sale en busca de hembras y de paso puede llegar a devorar entre quince y veinte personas. No estoy de broma, en todo caso estoy dando crédito a la información documental que cualquiera podría encontrar en hemerotecas o por Internet. Por supuesto han intentado acabar con Gustave muchas veces, a pesar de la guerra civil seguramente a todo el mundo le vendría muy bien la muerte de semejante bicharraco, pero hasta el momento todos los esfuerzos han sido en vano, y aún sigue allí. Dicen que la idea de realizar una película sobre él se le ocurrió hace tiempo a Oren Aviv, en la actualidad presidente de la Disney, después de leer sobre su historia en un National Geographic, aunque desde entonces ha recorrido mucho boca-oreja y ha acabado siendo materializada en esta producción independiente. Su conciencia además viene casi a coincidir con otras películas de “género” (espionaje marca John Le Carré y aventuras) como El jardinero infiel (The Constant Gardener, 2005, de Fernando Meirelles) o Diamante de sangre (Blood Diamond, 2006, de Edward Zwick) que nos han hablado de una África problemática, que ya no es solo escenario para la aventura del hombre blanco guay (un Alan Quatermain o un Tarzán) o para vivir un romance muy romántico (Memorias de Africa, Las nieves del Kilimanjaro), y eso sin entrar de lleno en el llamado cine social, como Hotel Ruanda (2004, de Terry George) .

En Primeval el cocodrilo Gustave es presentado de manera mítica en todo momento, un poco como Mobydick y un poco como una criatura con reminiscencias de deidad, atávica y por lo tanto inevitable y pertinente, psico-somatizada por la tierra como representación de toda la violencia y el salvajismo propio de la zona, solo que con esa indiferencia propia los dioses, esa neutralidad que le deja por encima de cualquiera de los bandos en conflicto. En realidad, en palabras de uno de los personajes: “Los cadáveres lanzadazos al río durante la guerra hicieron que el cocodrilo se acostumbrara a la carne humana… Nosotros creamos nuestros propios monstruos.” El cocodrilo es Burundi y es África, es la fuerza de la Naturaleza recordándonos nuestro sitio. El paralelismo entre la bestia y la situación de desastre humanitario local es tan constante que no en vano los oriundos al dictador, un sanguinario “Señor de la guerra”, le llaman pequeño Gustave. Y nótese qué terrible es el reptil, que en la comparación un genocida (hutu o tutsi da igual) sale perdiendo…

Si la aventura narrada en primer plano es la caza mutua entre los personajes y el monstruo, en un segundo plano lo que se plantea es el dilema moral de una parte occidente, debatiéndose entre la intervención ante las injusticias del tercer mundo y el propio provecho (me gustaría poder decir “el escrupuloso respeto a la hegemonía extranjera”, pero todos sabemos que tal cosa sólo existe cuando interesa). Los personajes resultan arquetípicos de algunas de las posturas tomadas en nuestro entorno, que van desde una relativa inocencia (negarse a darse por enterado de que las cosas son como son hasta que no las tiene uno delante de la cara) al idealismo (“abandonemos al cocodrilo y digamos lo que está pasando aquí”), pasando por el cinismo consolador del que, conociendo la realidad pero consciente de su impotencia para cambiarla, prefiere ocuparse de sí mismo o de otras cosas más a su alcance.

Pero les dije que Michael Katleman había hecho también otra cosa que no me gustaba: no estudiarse a fondo Tiburón, para imitar el mejor modo de llevar los ataques de Gustave. Una solución estética válida habría sido convertir al cocodrilo en un personaje en off, en ese mcguffin que mueve la trama sin llegar a formar parte de ella, como el elefante que quiere cazar el trasunto de John Huston en Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Heart, 1990, de Clint Eastwood). Pero aquí se ha renunciado a ello, el cocodrilo es, tal y como dice el título español, un asesino en serie, el personaje principal de un slasher zoológico (su director ha llegado a declarar que una de las cosas que más le atrajeron de hacer esta película fue el ponerse a imaginar las muchas maneras distintas en que un cocodrilo podría comerse a una persona), la amenaza de una animal monster movie de manual, tan típica después del film clásico de Steven Spielberg, como Grizzly (1976, de William Girdler), “Tentáculos” (Tentacoli, 1977, Ovidio G. Assonitis), “Piraña” (Pirahna, 1978, de Joe Dante), Razorback (1984, de Russell Mulcahy) o “Anaconda” (1997, de Luis Llosa). Y lo peor de ella es que los momentos de ataque del monstruo no terminan de funcionar, carecen de la tensión necesaria. Gustave como personaje físico desaprovecha las pesadillas que podría y debería provocar, a pesar de unos efectos especiales convincentes aunque demasiado digitales.

Tampoco está bien la derivación de la trama hacia el asunto de la grabación de la ejecución del hechicero, y el acoso y enfrentamiento con la milicia local. Es un subrayado que entorpece al tema central de la caza del cocodrilo, y que tampoco enriquece el mensaje político de la cinta. Es convertir lo que hasta el momento iba bien en una mera película de buenos contra “malos muy malos”, tan simplista e insultante como en cualquier otra película mala.

En suma, para llegar a ser una fantástica monster movie inteligente y con sustancia le faltaría una mejor parte “monster”. De esta manera, tal y como es, se queda en interesante aportación a secas como comentario a este… llamémosle subgénero.


Trailer:




Temporada de cocodrilos
Ya saben que las cosas en el cine suelen venir por lotes o modas, y curiosamente esta temporada se han juntado en la escena internacional (ignoramos si todas llegarán a España) hasta tres películas de cine (si nos zambullimos en el direct-to-DVD seguro que nos saldrían más) con cocodrilos gigantes come-hombres: al film que acabamos de comentar, tenemos que unirle:

De todas ellas la más importante (incluso más que Primeval) es ROGUE, ya que llega desde Australia como segunda película firmada por Greg McLean, el flamante director de la imprescindible Wolf Creek. Todavía no la ha visto nadie, pero después del precedente que acabo de mencionar como mínimo promete y apetece.

Trailer de Rogue:



También australiana BLACK WATER, de David Nerlich y Andrew Traucki, que con un presupuesto más modesto y un planteamiento más puro (aquí no hay más mensaje que el terror en sí), ya estuvo moviéndose en el mercado paralelo al festival de Cannes con muy buenas críticas. Al parecer trata de unos jóvenes que se pasan media película encaramados a un árbol porque el enorme cocodrilo que ya se ha zampado a todos sus amigos no para de merodearles esperando su ocasión para comérselos también a ellos (¿Reminiscencias de “Open Water”?). Hacen muchas ganas de ver esta película, así que espero que algún festival de los nuestros se la apunte.

Trailer de Black Water:



No es la primera vez que el cocodrilo es tomado como monstruo de la función en el cine. Todavía tenemos reciente la cínica y estimulante “Mandíbulas” (Lake Placid, 1999, de Steve Miner), o más atrás los clásicos al filo de los 80 “La bestia bajo el asfalto” (Alligator, 1980, de Lewis Teague), “Caimán” (Il Fiume del grande caimano, 1979, de Sergio Martino) o el modo en que Tobe Hooper empleaba a estas fieras en “Trampa mortal” (Eaten Alive, 1977).



Notas
1. En Burundi las etnias hutus (86 por ciento de la población) y tutsis (el 14 por ciento, pero con el control tradicional del ejército, los medios económicos y el gobierno) mantienen una guerra civil encubierta desde la independencia del país. El conflicto se radicalizó aún más desde 1993, año del primer intento de elecciones democráticas en el país de las que salió vencedor Melchior Ndadaye, un hutu, y que fue asesinado cuatro meses después de tomar el gobierno. Desde entonces hutus y tutsis se han organizado en milicias y grupos paramilitares, generando una espiral de barbarie en la que ya ha muerto más de 300.000 personas y se han creado cientos de miles de refugiados, en un país en el que ya de por sí hay más de 270.000 enfermos de SIDA, la esperanza de vida es de 44 años y más del 70 por ciento vive muy por debajo del umbral de la extrema pobreza.

En 1996, un nuevo golpe de estado tutsi provocó otra escalada de violencia que salpicó los informativos de todo el mundo con muchas de las imágenes más crudas que se hayan visto por TV sin ser en una película: decapitaciones de civiles, mujeres y niños incluidas, grupos de paramilitares patrullando con largos machetes en la mano buscando a quién más mutilar o asesinar, etc.

Desde el año 2000, la ONU está tratando de intermediar en el conflicto y ha habido conversaciones y una hoja de ruta democratizadora, pero lo cierto es que en aquel país siguen pasando cosas terribles, al igual que en algunos de sus vecinos, como Ruanda.

Cocodrilo: Un asesino en serie

Ficha técnica
Director: Michael Katleman; Guión: John D. Brancato / Michael Ferris; Fotografía: Edward J. Pei; Música: John Frizzell; Montaje: Gabriel Wrye; Casting: John Papsidera; Dirección artística: Fred Du Preez; Decorado: Melinda Launspach; Vestuario: Dianna Cilliers; Maquillaje: Grady Holder; Efectos especiales: Mickey Kirsten / K.N.B. Inc; Efectos visuales: Luma Pictures.
Cast: Dominic Purcell (Tim Manfrey), Brooke Langton (Aviva Masters), Orlando Jones (Steven Johnson), Jürgen Prochnow (Jacob Krieg), Gideon Emery (Mathew Collins), Gabriel Malema (Jojo), Linda Mpondo (Gold Tooth), Lehlohonolo Makoko (Beanpole)
USA, una producción Hollywood Pictures / Pariah / Sarah James Productions; Productores: Mitch Engel (productor ejecutivo) / Vlokkie Gordon (productor asociado) / Gavin Polone / Jamie Tarses (productor ejecutivo) / David Wicht (productor asociado)
93 minutos; Color; Idioma original: Inglés; Estrenada en USA el 12 de enero de 2007; estrenada en España el 20 de julio de 2007.

Sipnosis
En las aguas del río Ruzizi, en el africano estado de Burundi que está inmerso en una cruel guerra civil, vive un cocodrilo come-hombres de más de seis metros de longitud al que los lugareños llaman Gustave. Se dice que las últimas décadas ha devorado a decenas de personas, pescadores, bañistas, niños que se acercaron al agua... Un grupo de periodistas norteamericanos se trasladan a Burundi con el objetivo de cazar al monstruo, y a pesar de las dificultades de moverse en un lugar en guerra en el que no existe la justicia.

Fotos



 

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