Siguiendo con lo apuntado en Shaun of the dead – niégome a escribir el título con que se distribuyó en el Estado- , el trío calavera formado por Edgar Wright, Nick Frost y Simon Pegg sustituyeron los zombies por las películas de tiros y explosiones en Arma fatal , divertidísimo y nada disimulado I love you dedicado al cine de acción rompebutacas (de cine y domésticas) que el espectador sano y liberado de prejuicios cuyo espectro de edad oscile entre los 25 y 40 años ha disfrutado a dos carrillos desde su etapa pre-púber y que ahora defiende infectado por el espíritu de esa golosina fílmica, remedio magistral para horas muertas y solaz para la ansiedad paterna. La película de Edgar Wright juega sobre seguro en cuanto sabe que va a ir a parar a las fauces de aquellos que se pirran por los géneros, que en realidad está preparando una grandiosa fiesta para unos colegas; un compendio de camaradería, picaresca y nostalgia. Pero además es un alegato pro tiroteos, persecuciones, palabrotas, bromazos y violencia chusca frente a ese espectador de cine enfermo de trascendencia capaz de someter a la pirotecnia hecha película bajo la etiqueta de idiotez porque no dice nada o no tiene compromiso alguno. El compromiso es recordar que adoramos un arte (y oficio) parido para entretener y que todavía algunos comprendemos que darse el gustazo no es incompatible con tener cosas que defender: puedo sentir simpatía hacia los olvidadizos pero no por los soberbios. He aquí que el cine de acción ha desvariado hacia una dinámica que, mal que pese, justifica la urticaria que al imbécil de filmoteca le produce: hasta lo insustancial tiene un encanto ontológico, y hoy en día la producción industrial es la mera razón de ser de un género en origen artesano: sí, las películas de acción han sido/son el comodín del cine de palomitas pero la tangente del mismo se rompía merced a una imaginación capaz de convertir el producto en patente. La zarzuela contemporánea en que el género se ha convertido haría eyacular a Unabomber: cuanta más técnica, progreso y filosofía industrial peor van las cosas. No es casualidad que las mejores películas – opinión personal, señores – de los últimos años huelan a revival o por lo menos a puesta al día de parámetros ya conocidos en el tiempo – años setenta/ochenta – y el espacio – hong kong y demás limones - . Así, es una sensación de honesto e ingenioso deja vu la que impregna una muy buena película de acción como es La prueba del crimen, que sabe cien por cien a parco cine de acción setentero desde lo directo de su puesta en escena hasta su desarrollo similar a la coz de un central del Osasuna. No quepa duda que Harry el sucio o La huída son papás fundacionales de una concepción del cine de acción que paulatinamente se iría alejando de las fronteras del cine negro y el thriller académico para caer en la icónica verbena fallera de los años ochenta y el aburrimiento que desde mitad de los noventa hasta ahora reina en el género, pero cuya esporádica vuelta a los orígenes saca del tedio – y es una lástima, porque el mirar hacia atrás sin ira es lícito si se hace bien, pero esperamos algo nuevo porque es coherente hacerlo - . La más que interesante Sentencia de muerte o la muy potable Venganza por ética y estética son películas vinculadas a una manera de hacer cine caduca o redescubierta: Sentencia de muerte es Bronson y Venganza lo mismo pero con savoir fair oriental. Si en la primera sustituimos a Kevin Bacon por Charles Bronson el túnel temporal se abre. Argumento de inefable ambigüedad moral encarnada en la figura del justiciero urbano, violencia que coagula en pantalla – a unos niveles sólo atisbados en esa cafrada que es El exterminador - , emotividad tan de piedra que espanta y guión esquemático. Comparte las virtudes y los defectos de los vehículos al servicio de Charles Bronson, desde la planificación ejemplar de la acción propia de Fríamente, sin motivos personales y el excusable leifmotif dramático de El justiciero de la ciudad hasta el desmesurado y divertidísimo desbarre de las producciones de la colla Winner/ Lee Thompson/ Bronson de los ochenta donde diezmaron a gran parte de la población chicana, afroamericana y al colectivo punk. Venganza, además de sufragar la hostiocracia, reinterpreta el pulso del cine de acción oriental con coherencia; coreografiando con inusitado realismo, estando más cercana a un Ringo Lam que a Tsui Hark o John Woo. Luc Besson, luminaria como productor pero calamitoso director (psiquiátricos del mundo entero están repletos de víctimas de El quinto elemento), oculto responsable tanto de Venganza como de camadas de similar cuerda – algunas con cierto mérito como Transporter, las más desafortunadas como Wasabi -, se las ha ingeniado para modernizar unas propuestas que recogen la indudable herencia del cine de acción oriental – que es el que ha marcado el minuto en los últimos veinte años – sin descuidar el cartón piedra de las producciones de los ochenta; Besson a diferencia de los Wachowski no sólo se ha dejado influir, sino que ha pensado sobre ello. La sobresaturación de ralentís, pistolas a dos manos y cámara hasta las trancas de speed de Bilbao ha sido un virus que el moderno cine de acción americano ha sufrido en mutación respecto al original hongkonés, demostrando que los americanos han entendido poco y mal a John Woo y Tsui Hark. Ni uno ni otro, claro está, han dado lo mejor de sí con presupuesto hollywoodiense – salvando En el ojo del huracán , inspirado Tsui Hark explotando al monigote ¡ y la vena cómica ¡ de Jean Claude Van Damme – ante la falta de sensibilidad yankee frente a la épica del heroic bloodshed. Ante ello, Tsui Hark volvió con desigual suerte a China – desde grandes películas como El tiempo no espera hasta bodrios como Black Mask 2 – y John Woo ni está ni se le espera. El nervio hongkonés y el manierismo del cine de acción japonés y coreano, junto a la pujanza de la fresca acción Tailandesa han vuelto las miradas de los aficionados hacia Oriente todavía más, sabedores de que si algo nuevo puede surgir será probablemente desde allí, y dignas películas occidentales como Crank o Casino Royale - cuánta falta le hacía a Bond un lavado de cara –digieren bien sus constantes: dar espectáculo, pero narrar ese espectáculo. Ahí, en la narración, está la gran diferencia entre saber dirigir una película de acción y ser Michael Bay; entre el virtuosismo del cine de acción de los ochenta/primeros noventa y la chusta que vino después. Para Michael Bay cuanta más explosión, más chatarra, más tiros y más superposición de planos mejor: que el espectador no tenga ni pajolera idea de lo que está pasando es secundario en detrimento del cirio que acaba de montar. Es imposible ver La isla - la de Bay, no la de Kim Ki Duk, aunque tendría gracia que uno dirigiese la del otro – y darse cuenta de si el malo persigue a los buenos, de si éstos le llevan mucha ventaja, de cuántos vehículos les persiguen o de si se han parado a comprar tabaco, todo es una acumulación de chunda chunda para deleite del bakalaero común. Cuando John McTiernan firmaba tres obras maestras del cine de acción – Jungla de Cristal, Jungla de Cristal: la venganza, Depredador -, Kathryn Bigelow daba lecciones con Le llaman Bodhi y hasta Renny Harlin hacía cosas como La jungla 2 o Máximo Riesgo por no hablar de James Cameron, Michael Bay y McG no tomaban nota ante el hecho de que una escena de acción tiene que contarse y entenderse para no convertirla en un pobre pero ruidoso y colorido espectáculo, claro que la propia recursividad de la demanda es la que da cancha a esa concepción de la acción cinematográfica similar al alcohol de garrafa – si pone ciego y es más barato ¿para qué beber bien? -, puesto que el espectador medio de la saga Fast and the Furious o de las películas de Transformers ha tragado mucha lefa en el polígono, mucha pastilla en Scorpia, mucha Xbox y tiene claro que cuanto más jaleo y follón la cosa mola más. Hasta la figura del héroe de acción ha transmutado de los paladines de los ochenta, formadores de numerosas conciencias homosexuales encubiertas y benefactores del aceite corporal en cópula con la justicia machote ingénuamente filofacha -ese Stallone de pantalones pintados en Cobra , ese Arnold con ese opus dei que es Commando, ese Chuck Norris reinterpretando la ley de extranjería en Invasión USA, ese Seagal pacifista (hasta que no hay paz no para), ese culo de Van Damme asomando cada dos por tres, ese Dolph Lundgren rescatado de su destino como reputado bioquímico- en la planicie de los mucho más políticamente correctos y anodinos Vin Diesel (que parece, habla y seguro que hasta huele como un jabalí) de turno. Quizás la nostalgia sea el único despertar que se perfila en el género, de ahí el éxito de John Rambo y la sapiencia constatada de Stallone para ofrecérnosla, pero alejados del chascarrillo el horizonte está nublado, pero no cubierto. Medios no faltan, y el gustazo de darle un señor bofetón en la cara a muchos demostrando que a base de pistolas, persecuciones y piruetas se puede hacer cine tan digno como el que más debería ser suficiente acicate.
Por Paco Latorre (23/01/2010)